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Alimentación escolar: Una herramienta para la inclusión social

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Fotografía: Andy Tembon.

El 16 de octubre es el Día Mundial de la Alimentación, un día en que las personas se reúnen para poner de manifiesto su compromiso con el objetivo de erradicar el hambre en el transcurso de una generación.

Muchos niños de todo el mundo dependen de los programas de alimentación escolar para obtener sus desayunos y almuerzos. Estos programas incentivan a los padres a mantener a sus hijos en la escuela y brindan a los alumnos los nutrientes necesarios para estar sanos y poder aprender.

La alimentación escolar tiene una larga historia como herramienta de protección social. El suministro de alimentos en las escuelas fue uno de los primeros programas de bienestar social en todo el mundo y figura entre las primeras intervenciones canalizadas ampliamente a través del sector educativo.

Los datos empíricos muestran que estos programas respaldan el potencial de desarrollo de los niños y compensan la pérdida de ingresos de las familias desfavorecidas. Dado que los niños comen en la escuela, sus familias están en mejores condiciones para sortear las dificultades financieras y, de este modo, generan crecimiento económico en gran escala a nivel de sus países.

Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA), casi todos los países del mundo cuentan con programas nacionales de alimentación escolar. Estos atienden a unos 368 millones de niños en total y representan una inversión de hasta US$75 000 millones.
 
En América Latina, 85 millones de niños se benefician con los programas de alimentación escolar, a los que se reconoce cada vez más ampliamente como las iniciativas de protección social más importantes de la región. A medida que estos programas cobran popularidad, los Gobiernos deben detectar oportunidades para garantizar que resulten sostenibles y se los pueda ampliar.
 
Los países de América Latina tienen una rica historia de programas de alimentación escolar. Para citar algunos ejemplos, Colombia los introdujo por primera vez en 1941, El Salvador en 1984 y Paraguay más recientemente, en 1995. Con el tiempo, los programas fueron ampliando su alcance y su cobertura y se convirtieron en políticas nacionales indispensables.
 
Hace tres años, el Gobierno de Perú puso en marcha el Programa Nacional de Alimentación Escolar Qali Warma, administrado por el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (MIDIS) y financiado en su totalidad con fondos públicos. Qali Warma atiende diariamente a 3,5 millones de alumnos de casi 60 000 escuelas, entre las que se incluyen las de comunidades indígenas de la región amazónica peruana. El programa sigue creciendo, y según las previsiones, en 2016 llegará a 3,8 millones de niños.

La rápida aceptación y ampliación de este programa puede atribuirse a que se trabaja en colaboración con el sector privado, los educadores y la comunidad en general. Los miembros de la comunidad deciden los ingredientes que se utilizarán en el menú de las escuelas de determinada zona y se encargan de comprarlos. El sector privado cubre otro vacío importante, pues garantiza que la dieta de los niños sea variada y cumpla con los parámetros nutricionales.

Andy Tembon tuvo hace poco la oportunidad de ver el funcionamiento de este programa en una escuela primaria de Lima, Perú, a la que asisten 222 niños. Observó con interés la participación de los miembros de la comunidad en el control de calidad de los alimentos dentro de la escuela y en la distribución de las comidas a los niños en las aulas. Le sorprendió gratamente ver que todos los elementos del desayuno, incluida la leche, provenían de establecimientos agrícolas locales. Lo mejor de todo fue que, según el director, la asistencia escolar se elevó desde que comenzó a implementarse el programa y los alumnos llegan por lo general temprano para no perderse el desayuno.

El programa Qali Warma de Perú es un ejemplo de cómo las iniciativas de alimentación escolar pueden hacer crecer la economía local. Estas respaldan el desarrollo de las economías locales y de la agricultura debido a que generan una demanda estable, estructurada y previsible de productos.

La participación de los agricultores locales en la producción de los alimentos que se utilizan en los comedores escolares a menudo se denomina "alimentación escolar con productos locales", y con cada vez más frecuencia se incluye entre los objetivos de este tipo de programas para lograr, junto con otras estrategias más amplias, la seguridad alimentaria y el desarrollo rural.

Brasil muestra otra iniciativa de alimentación escolar exitosa en la región. En la actualidad, su programa nacional, vigente desde hace más de 50 años, atiende a 45 millones de alumnos por año. Como ejemplo integrado, cabe citar el de los grupos de mujeres de diversos asentamientos forestales del estado de Mato Grosso, que ahora agregan valor a las castañas de Pará silvestres que crecen en sus bosques. La práctica habitual consiste en que los pueblos indígenas y las comunidades de los asentamientos recolecten estas castañas y las vendan a los comerciantes a precios ínfimos.

Con la ayuda del Gobierno local, el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (i) y el Banco do Brasil, (i) una cooperativa de mujeres (en portugués) ahora extrae el valioso aceite de estos frutos para venderlo a empresas de cosméticos. Además, utiliza el residuo para elaborar pastas muy nutritivas, con elevado contenido de fibras, proteínas, calcio y hierro, que se emplean en el programa de alimentación escolar del lugar. Este es un buen ejemplo del empoderamiento de las mujeres de las comunidades locales, que les permite incrementar sus ingresos, agregar valor a los recursos forestales nativos —lo que garantiza su conservación— y mejorar la nutrición de los niños que concurren a las escuelas locales.
 
Durante un viaje de capacitación, los equipos de Agricultura y Medio Ambiente
del Grupo Banco Mundial observaron el procesamiento de las castañas de Pará
recolectadas en los bosques locales, de las que se extrae aceite para la industria
cosmética y con las que se elaboran pastas muy nutritivas utilizadas en el programa
de alimentación escolar.

(Fotografía: Erick Fernandes, GFADR).

Esta iniciativa de Brasil de alimentación escolar con productos locales es un ejemplo de una inversión mayor en programas de este tipo en América Central y del Sur.

Un estudio (PDF) realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Bolivia, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Perú reveló que los Gobiernos de la región muestran un creciente compromiso político con los programas de alimentación escolar. Asimismo, han ampliado el diálogo sobre políticas acerca de las compras directas a los pequeños productores para abastecer dichos programas.

Las iniciativas de alimentación escolar serán fundamentales para lograr el Objetivo de Desarrollo Sostenible referido a la educación inclusiva y la igualdad de oportunidades en el aprendizaje. En los últimos meses, se han organizado varios talleres para intercambiar experiencias sobre este tipo de programas a nivel nacional y difundir las enseñanzas recogidas entre colegas de la región.

Por ejemplo, en abril de 2015 el Gobierno de Honduras organizó el Foro Nacional de Alimentación Escolar para una Vida Mejor, y en agosto de 2015, el Gobierno de Perú realizó el VII Seminario de Alimentación Escolar para América Latina y el Caribe. Estos encuentros constituyen importantes canales para propiciar el surgimiento de una comunidad de prácticas, avanzar con los programas de alimentación escolar y fortalecer las iniciativas nacionales.

Los programas de inclusión social dirigidos a los niños en edad escolar son importantes para garantizar que todos ellos asistan a clases y estén preparados para aprender. Las iniciativas de alimentación escolar, en particular, son inherentemente favorables a los pobres: los niños pobres y hambrientos son los que más se benefician. Además, son una herramienta de utilidad comprobada para que los niños más pobres permanezcan en la escuela. Esta es la razón por la que los Gobiernos que implementan programas de este tipo sostenibles y ampliables generan beneficios para los niños, para los agricultores locales y para las economías de los países en general.
 
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