Syndicate content

Añadir nuevo comentario

Momento decisivo: La educación superior en América Latina y el Caribe

María Marta Ferreyra's picture
Esta página en: English | Français
Un estudiante universitario en Perú. (Foto: Dominic Chavez/Banco Mundial)

La educación superior está disponible hoy para más jóvenes en América Latina y el Caribe (ALC) que en cualquier otro momento en la historia de la región. Y aunque este aumento del acceso es un resultado positivo, no asegura la educación de calidad que los países necesitan para aprovechar este impulso. Los países deben ayudar a los estudiantes a maximizar su potencial, y lo pueden hacer creando programas diversos y de alta calidad que preparen a los jóvenes para ser exitosos en el mercado laboral. Nuestra búsqueda de crecimiento y prosperidad —y el futuro económico de la región— depende de eso.

Un buen sistema de educación superior no es un modelo único aplicable a todas las situaciones: debe tomar en cuenta los intereses individuales, las motivaciones, las habilidades innatas y la preparación académica. Necesita ser equitativo, de alta calidad y lo suficientemente diverso para reconocer que las distintas ocupaciones requieren programas de formación con duraciones diferentes: un programa de “ciclo corto” de dos años, similar a un “grado de asociado” en Estados Unidos (“grado de técnico”), podría ser suficiente para formar a un auxiliar administrativo, mientras que para otras profesiones, como ingeniero o arquitecto, es necesario completar un programa de licenciatura, que suele durar hasta cinco o seis años en la región.

De hecho, en la economía globalizada se necesitan habilidades cada vez más diversas, y esta es la razón por la cual el nuevo informe “Momento decisivo: La educación superior en América Latina y el Caribe” (i) es tan oportuno. Este documento contiene información detallada sobre la calidad, la diversidad y la equidad de la educación superior en la región. Sin lugar a dudas, se necesitan más esfuerzos para proporcionar formación de calidad de modo que todos los estudiantes, sin importar su situación financiera, tengan las herramientas para maximizar su potencial. Pero tengo la esperanza de que este informe y este blog sean de utilidad tanto para los responsables de formular políticas como para los expertos en educación, proporcionándoles recomendaciones de estrategias innovadoras que ayuden a mejorar y, en definitiva, a transformar los sistemas de educación superior en la región.

En primer lugar, este es el panorama general:

En ALC se ha registrado una expansión impactante en la educación superior desde principios de los años 2000. Entre 2000 y 2010, la tasa bruta de matrícula se duplicó, lo que constituye una expansión grande y rápida para estándares internacionales, en gran medida impulsada por el aumento de graduados de la educación secundaria. El crecimiento de la matrícula en la educación superior ha estado acompañado por una expansión por el lado de la oferta. De hecho, en el periodo comprendido entre los años 2000 y 2013, se creó un cuarto de las instituciones de educación superior actuales y la mitad de los programas actuales.

El acceso a la educación superior se volvió más igualitario durante el periodo de expansión. En promedio, el porcentaje de estudiantes pertenecientes al 50 % más pobre de la población subió del 16 % al 25 % entre los años 2000 y 2013. A medida que aumentó la equidad, también aumentó la diversidad: se crearon nuevos programas e instituciones (muchos de ellos privados), y se abrieron más institutos técnicos, que suelen ofrecer programas de ciclo corto. La expansión, por lo tanto, dio lugar al estudiante “nuevo” que procede de familias de ingreso bajo y que habitualmente tiene una representación insuficiente en la educación superior. Este alumno asistió a escuelas primarias y secundarias de baja calidad y está menos preparado académicamente para la educación superior.

Pese a los avances, la región todavía sufre un déficit en materia de equidad, diversidad y —lo más importante— de calidad. El acceso sigue siendo desigual, como lo demuestra el hecho de que el 50 % más pobre de la población representa solo el 25 % de los estudiantes de educación superior. Y gran parte de la brecha de acceso entre los estudiantes de familias de ingreso alto y de familias de ingreso bajo se debe a disparidades que surgen antes de la educación superior. Pero si bien ha aumentado el conjunto de opciones de educación superior, en la región aún falta variedad en las áreas de conocimiento, con altos porcentajes de graduados en educación, administración de empresas, ciencias sociales y derecho, y porcentajes muy bajos en ciencias.

Medir la calidad de la educación es difícil, pero las tasas de graduación son un indicio inquietante de que algunas cosas no están funcionando: menos de la mitad de los jóvenes que comenzaron estudios de educación superior se gradúan cuando tienen entre 25 y 29 años. Esta tasa de graduación, de apenas el 46 %, es menor que la de Estados Unidos (67 %) y, peor aún, es incluso más baja para los estudiantes “nuevos”.

De manera similar, aunque los graduados de educación superior ganan más del doble que los graduados de educación secundaria, nuestro informe concluye que estos ingresos varían mucho en los distintos campos de estudio, programas e instituciones. Otra vez, los estudiantes “nuevos” están recibiendo los beneficios financieros más bajos. A veces, esos retornos son negativos ya que ellos enfrentan los costos de los programas, a pesar del cuantioso financiamiento que recibe la educación superior en toda la región.

Aspirar a mejores resultados

Durante los últimos meses, he viajado a través de ALC para difundir los resultados de este estudio. He hablado con responsables de formular políticas, académicos, estudiantes, representantes de las empresas y la industria, y he notado que las personas en la región quieren —e incluso exigen— más de sus instituciones de educación superior.

Sin embargo, el hecho de querer un resultado diferente significa promover una estrategia distinta, incluso frente a condiciones menos favorables, tales como un lento crecimiento económico y presupuestos fiscales más restrictivos. Por consiguiente, diversos principios normativos podrían resultar útiles a la hora de diseñar las nuevas estrategias en la región.

Es necesario recopilar y difundir información sobre la calidad de los programas. Una estudiante que considere una licenciatura en Administración de Empresas en una institución determinada, por ejemplo, necesita saber datos sobre las tasas de graduación del programa, la empleabilidad de los graduados, los ingresos promedio y, por último, el costo del programa. Precisa saber también si está preparada académicamente para ese programa. Durante mis extensos viajes, escuché una y otra vez cuán necesario es proporcionar esta información desde el inicio, de modo que los estudiantes de educación secundaria no se matriculen en programas para los cuales están mal preparados y en los que no obtendrán buenos resultados. Además, la sociedad en general se beneficiaría al tener información acerca de las instituciones que reciben a estudiantes con mala preparación y, aun así, los forman para tener éxito en el mercado laboral.

Los incentivos financieros pueden mejorar las tasas de graduación y los ingresos. Tanto para las instituciones como para los estudiantes, el financiamiento es un poderoso incentivo. Una institución cuyo financiamiento no depende de los resultados de los estudiantes —por ejemplo, las tasas de graduación, el tiempo que toma obtener un diploma o la empleabilidad en el mercado laboral— probablemente tendrá pocos, si los tuviera, incentivos para mejorar. De manera similar, un estudiante al que se le garantice una matrícula gratuita o altamente subvencionada, sin importar su rendimiento académico, tendrá probablemente muy poca, si la tuviera, motivación para graduarse, o para hacerlo a tiempo.

Los estudiantes necesitan opciones. Los alumnos deberían poder elegir entre múltiples instituciones y programas para prevenir que queden atrapados en un mercado sin muchas posibilidades. Al diseñar sistemas de financiamiento estudiantil, los responsables de formular políticas deben observar que las universidades gratuitas o altamente subvencionadas tienden a beneficiar más a los estudiantes de familias de ingreso mediano y de ingreso alto, porque son los que tienen más probabilidades de graduarse ya que están más preparados académicamente para la educación superior. En el caso de los estudiantes de familias de ingreso bajo, incluso la matrícula gratuita suele ser insuficiente, dado que necesitan trabajar y no pueden solventar otros gastos, como alojamiento, transporte y materiales. Al intentar proporcionar acceso equitativo a la educación superior, los responsables de formular políticas necesitan decidir qué estudiantes deberían tener prioridad, dado los contextos de presupuestos limitados.

Las instituciones superiores deben estar bajo monitoreo y supervisión. Las instituciones que reciben grandes cantidades de fondos públicos o que educan a una gran cantidad de estudiantes “nuevos” tienen que rendir cuentas por el producto que están vendiendo que, en este caso, es un diploma de educación superior. Durante mis viajes, a menudo oí hablar de la necesidad de una supervisión que se centre en los resultados, como la empleabilidad de los graduados. Todas las instituciones —públicas y privadas— tienen que ser transparentes y la información debería poder consultarse fácilmente.

A medida que los responsables de formular políticas buscan ampliar el acceso y, en última instancia, la calidad de la educación superior para los jóvenes, queda claro que se necesitan estrategias nuevas e innovadoras. El futuro de la juventud de ALC está en juego y, a la larga, el futuro de la propia región.

Para más información sobre la labor del Grupo Banco Mundial en el ámbito de la educación, visite nuestro sitio web (i) y nuestra página en Twitter. (i)

Revise los recursos sobre educación superior (i) que tenemos disponibles.

Mire la grabación (i) de un debate sobre la educación superior en ALC.