A medida que aumentan los riesgos climáticos y de desastres, debemos reforzar la infraestructura resiliente

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Los desastres naturales, que abarcan desde tsunamis en Asia y terremotos en América Latina a huracanes en el Caribe y ciclones in África, provocaron la muerte de 1,3 millones de personas (PDF, en inglés) entre 1998 y 2017, y estragos incalculables en los medios de subsistencia y la infraestructura en todo el mundo.

No hay indicios de una disminución del riesgo que representan los peligros de la naturaleza, especialmente después de haber sido testigos de los impactos devastadores del ciclón Idai (i) en las familias y comunidades de África a comienzos de este año. Lo peor es que el cambio climático está haciendo incluso más frecuentes, dañinas y letales las tormentas, las inundaciones, las sequías y las olas de calor.

Los desastres pueden acabar en cuestión de segundos con décadas de avances en el desarrollo obtenidos con tanto esfuerzo, y tienen efectos dolorosos y costosos que pueden durar años, e incluso afectar a las generaciones venideras. Hoy, alrededor del 90 % de la expansión urbana en los países en desarrollo tiene lugar cerca de zonas propensas a peligros . Si no se adoptan medidas urgentes, el cambio climático y los desastres pueden costar USD 314 000 millones al año a las ciudades de todo el mundo y empujar a la pobreza a 77 millones de habitantes urbanos.

Cuando ocurre un desastre, todos estamos en riesgo; sin embargo, suelen ser los pobres quienes sufren las peores consecuencias . Las investigaciones señalan que los impactos de los desastres y el cambio climático son doblemente (i) más graves para los hogares pobres, porque tienden a vivir en zonas más vulnerables, donde a menudo las condiciones de vivienda son deficientes. En los próximos 15 años, y con la falta de inversión adecuada en vivienda y mejoramiento de los barrios marginales, podemos esperar ver una duplicación del número de personas que habitan en viviendas precarias.

En una época de agravamiento de los riesgos climáticos y de desastres, los países y las ciudades no tienen otra opción que planificar mejor e invertir más en infraestructura resiliente —casas, escuelas y caminos— para afrontar los desafíos que plantea la urbanización y sostener el crecimiento económico.

De hecho, vale la pena que nuestras viviendas sean más seguras y nuestras escuelas más resilientes. Las investigaciones recientes (i) indican que el beneficio neto de invertir en una infraestructura más resiliente en los países de ingreso bajo y mediano es de USD 4,2 billones, es decir, USD 4 de beneficio por cada USD 1 invertido. Tales inversiones pueden entonces mejorar servicios esenciales —como el transporte o el suministro de agua y electricidad— y contribuir a sociedades más prósperas y resilientes.

La infraestructura resiliente salva vidas. En octubre de 2019, el Programa Mundial de Escuelas más Seguras (GPSS) (i) del Banco Mundial puso en marcha su Repositorio Mundial de Infraestructura Escolar (GLOSI) (i) y dio a conocer la versión actualizada de la guía Una hoja de ruta para escuelas más seguras y resilientes (i) con el apoyo del Fondo Mundial para la Reducción de los Desastres y la Recuperación (GFDRR). Estas herramientas ayudarán a los encargados de la formulación de políticas a comprender mejor los peligros naturales y a las comunidades escolares a prepararse para enfrentar esos riesgos.

Al igual que las familias que viven en viviendas poco seguras, los niños y jóvenes que estudian en edificios escolares de mala calidad también son vulnerables a los impactos climáticos y de los desastres. Los desastres causan daños o destruyen la infraestructura de las escuelas, lesionando o incluso causando la muerte de estudiantes, profesores y otros miembros de las comunidades escolares. En Ecuador, por ejemplo, el terremoto de 2016 provocó daños en casi 1000 escuelas y dejó temporalmente sin educación a más de 120 000 niños. En Mozambique, diversos ciclones destruyeron 4000 aulas el año pasado. Estos desastres tienen también efectos devastadores en la enseñanza de los niños y los entornos de aprendizaje.

Por eso, el Banco Mundial y la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) se comprometieron a ayudar a las ciudades y comunidades a movilizar recursos mundiales y tomar medidas a nivel local para construir infraestructura climáticamente inteligente y resiliente frente a los desastres.

Las ciudades solo pueden ser resilientes si su infraestructura es resiliente, razón por la cual la UNDRR y el Gobierno de India establecieron de manera conjunta la Coalición en favor de la Infraestructura Resiliente a los Desastres (CDRI). La iniciativa, dada a conocer por el primer ministro Modi en la Cumbre sobre la Acción Climática de las Naciones Unidas que se realizó en septiembre, apoyará a los países a elaborar planes de inversiones con muy bajo riesgo, proporcionando aportes técnicos, posibilitando el intercambio de las mejores prácticas y promoviendo el fortalecimiento de la capacidad.

La UNDRR también se comprometió a encabezar acciones en esta esfera a través de la campaña «Desarrollando Ciudades Resilientes», a la que se han sumado más de 4200 ciudades en los últimos 10 años. En consulta con los asociados, y como respuesta a una clara solicitud de las ciudades que han participado en dicha iniciativa, se pondrá en marcha una campaña en 2020 para ayudar a las ciudades a reducir los riesgos climáticos y de desastres a través de una mejor asistencia técnica y una mayor capacidad para movilizar financiamiento que permita hacer los cambios necesarios.

Del mismo modo, a medida que el Banco Mundial continúa promoviendo la meta de reconstruir mejor (i) y reducir las pérdidas anuales relacionadas con los desastres, su Programa Mundial de Vivienda Resiliente está acelerando los esfuerzos para ayudar a los países, las ciudades y las comunidades a construir mejor que antes del próximo desastre, logrando que las viviendas sean más seguras y más resilientes frente a los peligros naturales. Por ejemplo:

  • En Guatemala, la aplicación de un enfoque de evaluaciones facilitadas por inteligencia artificial (IA), de bajo costo y rápidas —combinando drones e imágenes tomadas por cámaras instaladas en vehículos— ayudó a identificar y elaborar un mapa de un porcentaje importante de los edificios en riesgo de derrumbarse en un terremoto. En Santa Lucía, se aplicó el mismo enfoque para evaluar los riesgos de daño en los techos derivados de un huracán de categoría 5.
  • En Indonesia, el Gobierno determinó que el tema de la resiliencia fuese un componente central de su programa de subsidios para el mejoramiento de la vivienda, uno de los más grandes en el mundo.
  • En México, las autoridades están actualizando los programas de vivienda para hacerlos más inclusivos y resilientes.
  • En Perú, se han realizado evaluaciones de la vulnerabilidad y valuaciones de inmuebles automáticas para apoyar a las municipalidades.

Las inversiones en infraestructura segura y resiliente —incluidas casas y escuelas— salvan vidas, protegen los medios de subsistencia y salvaguarda el desarrollo.  Tras celebrarse el mes pasado el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres y el Día Mundial de las Ciudades, reforcemos nuestra determinación y ampliemos nuestras medidas para lograr que el futuro de nuestras ciudades y comunidades sea más inclusivo, seguro, resiliente y sostenible para todos.

Autores

Sameh Wahba

Director mundial del Departamento de Prácticas Mundiales de Desarrollo Urbano, Gestión de Riesgos de Desastres, Resiliencia y Tierras

Mami Mizutori

Representante especial del secretario general para la Reducción del Riesgo de Desastres

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