¿El crecimiento inclusivo es un oxímoron?

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Después de participar en dos eventos sobre desigualdad que se llevaron a cabo durante las Reuniones de Primavera (Lograr que el crecimiento beneficie a los pobres y La desigualdad de ingresos importa: Cómo garantizar que el crecimiento económico beneficie a muchos y no a unos pocos [i]), recibí una cantidad sorprendente de mensajes de correo electrónico en los que me preguntaban si mis comentarios sobre la importancia de abordar la creciente desigualdad implicaban que había abandonado la idea de que el crecimiento es la principal prioridad para los países en desarrollo. Hay una cosa que sin dudas puedo concluir a partir de estos correos: la desigualdad es un fenómeno demasiado complejo como para abordarlo en una sesión breve en las Reuniones de Primavera.

Por este motivo, el Instituto de Estudios Fiscales de Londres (IFS) ha desarrollado un proyecto ambicioso y multidisciplinario, liderado por el ganador del premio Nobel Angus Deaton y conocido como la Revisión Deaton, para comprender los múltiples aspectos de la desigualdad y proponer políticas adecuadas. Significativamente, el proyecto lleva por título Las Desigualdades en el Siglo XXI (i). Nótese el plural. Este proyecto multidisciplinario congrega a expertos en economía, ciencia política, sociología y salud pública con el objetivo de llevar adelante un debate amplio, pero con matices y, sobre todo, equilibrado acerca de la “desigualdad”.

En reconocimiento de la complejidad de estas cuestiones, el proyecto se extenderá durante cuatro años. Espero que, para cuando finalice, podamos comprender mejor por qué la “desigualdad” (vuelvo a la forma en singular, siguiendo las convenciones) es una preocupación tan importante en la actualidad, tanto para los responsables de formular políticas como para el público, y qué podemos hacer para abordarla. Pero para aquellos que no quieren esperar tanto tiempo, aquí está mi humilde contribución.

Tanto teórica como empíricamente, se espera que el crecimiento vaya de la mano de cambios en la distribución del ingreso. Pero esta relación positiva no significa que el incremento en la desigualdad sea inevitable ni tampoco implica que sea deseable. El crecimiento consiste simplemente en que se agranda el pastel. En principio, con un pastel de mayor tamaño se puede dar a todos un pedazo de al menos la misma medida que antes, y quizá más grande. Esta es la esencia del denominado criterio de Pareto, que invocan los economistas. Pero los mercados no garantizan que a medida que se agrande el pastel se incrementarán también las porciones: es posible que algunas se achiquen. Se necesitan políticas para alentar el crecimiento inclusivo.

¿Por qué debería importarnos la distribución equitativa del pastel? Tengo tres respuestas.

En primer lugar, a la gente le importa la “justicia”. Las grandes disparidades en los ingresos o en la riqueza a menudo se consideran injustas. Para ser claro, no estoy abogando por una igualdad completa en la que todos reciban exactamente la misma porción de pastel, sin importar su idoneidad, su esfuerzo o las demandas del mercado. Esto crearía el problema clásico del peligro moral que preocupa a los economistas. Pero es difícil justificar las enormes desigualdades que se observan en la actualidad únicamente sobre la base de estos factores. A su vez, hay pocas evidencias de que una distribución más equitativa de los ingresos o la riqueza por sí sola reduzca los incentivos para trabajar y contribuir a la sociedad.

En segundo lugar, aun si no nos importa en absoluto la desigualdad, en la práctica las grandes disparidades generan malestar social. No es necesario que nos remontemos a la Revolución Francesa o a la de Octubre. En los últimos años, las políticas económicas sólidas que produjeron grandes beneficios agregados provocaron también una reacción considerable cuando generaron ganadores y perdedores que no recibieron compensación. Y esta reacción puede impedir el crecimiento ulterior cuando quienes quedan excluidos bloquean el cambio. Las reformas en el comercio y la hiperglobalización de los últimos 30 años son ejemplos paradigmáticos. La reacción contra la globalización que experimentan actualmente muchas economías avanzadas muestra no solo que a la gente le importa la desigualdad, sino también que la percepción de haber quedado excluidos interfiere con las políticas que podrían promover el crecimiento.

Por último, las grandes desigualdades en los ingresos y en la riqueza a menudo se traducen en desigualdad de oportunidades. Hay pruebas de que el aumento en la desigualdad de los ingresos y de la riqueza en muchas economías avanzadas está generando disparidades en la salud y la educación (motivo por el cual en la Revisión Deaton se dedicará especial atención a estos aspectos de la desigualdad). Las personas que me enviaron correos electrónicos me preguntaron por qué centrarse en la desigualdad en un país en desarrollo donde el 70 % de la población vive con menos de USD 1,90 al día. Pero un país no crecerá con rapidez a menos que haga uso de su potencial productivo. El retraso del crecimiento, la mala salud y la educación inadecuada en los segmentos más pobres de una sociedad implican que esas personas no podrán desplegar su potencial ni contribuir a la economía. Los países donde las mujeres tienen derechos limitados y no pueden contribuir a la economía en términos equitativos no solo se pierden la oportunidad de aprovechar la mano de obra y el talento de la mitad de su población, sino que también tienden a enfrentar problemas demográficos debido a las altas tasas de natalidad. Esto señala la importancia de una dimensión distinta de la desigualdad: la desigualdad de género, y puede servir como recordatorio de que la desigualdad va más allá de las disparidades en los ingresos y la riqueza.

En consecuencia, la expresión “crecimiento inclusivo” no es un oxímoron. Por el contrario, la inclusión puede ser la única forma de lograr el crecimiento en la actualidad, tanto en las economías en desarrollo como en las desarrolladas.

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