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inclusión social

Los penales como espacios de inclusión

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Fotografía de la cárcel de Quencoro, en Cusco, Perú.

Visitar una prisión es una experiencia que no deja indiferente. Tras los exhaustivos controles de seguridad, uno se encuentra en medio de un mar  de historias personales –muchas de ellas, trágicas-, y los datos estadísticos toman nombre propio. La vida en prisión es mucho más difícil de lo que imaginamos: disciplina horaria férrea, celdas compartidas con hasta 20 desconocidos y miradas cuyo horizonte termina en un perímetro de seguridad.

No es nada nuevo afirmar que, en la mayoría de los penales de América Latina, la situación es penosa. El hacinamiento y la falta de estrategias de salud son, además de la corrupción y la ausencia de planes de resinserción efectivos, algunos de los desafíos a los que se enfrentan las autoridades a lo largo y ancho de la región. 

Ser indígena en Brasil: una experiencia de pequeños y grandes prejuicios

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Los padres de Oscar Fernandes (foto), un indígena apinajé del estado de Tocantíns, en el norte de Brasil, querían registrarlo como Wanhmẽ. Pero no pudieron.

“Llegaron al Registro (Civil) y los escribanos simplemente les impidieron inscribir un nombre que no fuese portugués. Ellos me dieron un nombre cualquiera y, al final, pusieron el de mi pueblo solo como constancia”, cuenta Oscar, que trabaja en una asociación indígena.