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¿Cuán resistentes realmente fueron las economías emergentes a la crisis global?

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Como en casi todas las crisis de grandes proporciones –entre ellas la reciente crisis financiera global-, la verdadera historia de lo que ocurrió emerge una vez que las aguas están más calmadas.

Para América Latina y el Caribe la historia es ligeramente diferente a lo que se ha venido diciendo.

Es cierto que la región capeó bien la recesión si lo comparamos a otras economías –emergentes y desarrolladas-, y que reanudó el crecimiento también más rápidamente que muchas otras. Pero no escapó de la crisis mayormente ilesa, tal y como se sugirió inicialmente.

Contrariamente a las percepciones actuales, las economías emergentes sufrieron el impacto de la crisis global de forma equiparable a la de los países desarrollados.

Como respuesta a una situación de tal magnitud, gran parte de la economía mundial se paralizó.
A medida que la economía global colapsaba, tanto las economías emergentes como las desarrolladas reflejaban un descenso de las tasas de crecimiento proporcionalmente similares al crecimiento que experimentaron antes de la crisis.

En un reciente estudio que escribí conjuntamente con Constantino Hevia y Sergio Schmukler, se muestra que el colapso en el crecimiento (el desempeño nacional definido como la diferencia porcentual en crecimiento del PIB entre 2007-09) fue ligeramente mayor en economías emergentes que en los países avanzados -6.9 ante 6 puntos porcentuales respectivamente.

En contraste, los países de ingreso medio registraron un menor descenso de su PIB, de solamente 3.2 puntos. El ritmo de crecimiento de las economías emergentes antes de la crisis era mayor al del resto de economías, dinámica que no varió después de la recesión y que ha contribuido a extender la percepción de que fueron más resistentes ante la crisis.

La globalización aparece como uno de los 'culpables' de esta situación. Contrariamente a ciertas estimaciones, las economías emergentes encontraron dificultades para desacoplarse de la economía mundial; al mismo tiempo que formaban parte del sistema de producción global, usaban fondos extranjeros para financiar las inversiones y mantenían activos en el exterior.

Era probable entonces que cualquier tipo de colapso significativo de la demanda global y en los centros financieros se transmitiese a los países con los que estaban vinculados. Los países emergentes entran dentro de esta categoría. Por otro lado, estos canales de transmisión a través del comercio y las finanzas explican los mejores resultados de los países de ingreso bajo, típicamente menos conectados a los epicentros de las crisis.

Desde una óptica más optimista, de la misma manera que las economías emergentes no pudieron evitar las consecuencias del colapso económico, también es verdad que crecieron a un ritmo mayor después de la crisis, en relación al que experimentaban antes, y al de los países avanzados. Nuestro estudio también muestra cómo las economías emergentes iniciaron su recuperación más temprano, volviendo así a unas tasas de crecimiento más altas que las del resto de países.

Para mayor evidencia basta mirar las más recientes previsiones de crecimiento de la región, en las que se espera que el PIB de América Latina crezca alrededor de un 4 o 5 por ciento anualmente, cifra similar a la de los Tigres del este asiático.

La más rápida recuperación de la producción industrial en las economías emergentes se puede explicar parcialmente a través de la recomposición de inventarios, que fueron inicialmente reducidos y requirieron de un reaprovisionamiento cuando fue evidente que la economía mundial iba a frenar su caída libre. Aun así, los países en desarrollo han mostrado una significativa heterogeneidad en relación a los países de Europa Oriental y Asia Central, yéndoles mucho peor que a los países emergentes de Asia. Los resultados de América Latina se situaron en medio de estas dos regiones.

Aun más significativo es el hecho de que las economías emergentes fueron más resistentes a la crisis con respecto a su propio pasado, aunque no con respecto a los países desarrollados. Durante la crisis global, las economías emergentes fueron capaces de asemejarse un poco más a los países desarrollados y no magnificaron el impacto externo.

Mientras en el pasado las crisis golpeaban más intensamente a las economías emergentes que a las desarrolladas, esta vez los dos grupos de países cayeron de forma similar como consecuencia del sistema financiero y de la amplificación del impacto por parte de un sector público débil.

En esta ocasión hubo un elemento nuevo que cambió por completo la dinámica de la crisis. Las economías emergentes estaban preparadas y capacitadas para aplicar un amplio abanico de políticas contracíclicas, que posiblemente ayudaron a paliar los efectos negativos de la crisis. Por ejemplo, varios países emergentes gozaban de espacios fiscales y la adecuada credibilidad para implementar políticas monetarias y fiscales expansionistas, de proporciones aun mayores que aquellas en los países desarrollados. A modo de ejemplo, Argentina gastó el doble que Francia, Alemania o el Reino Unido en medidas fiscales a discreción en 2009-2010.

Aunque estas herramientas están disponibles para los países desarrollados desde hace algún tiempo, no fueron nunca una opción para las economías emergentes, que tienen su propia historia de políticas pro-cíclicas durante episodios de convulsión.

Todo esto me lleva a la concusión que, contrariamente a crisis anteriores, la resistencia de las economías emergentes ante la crisis global de 2008-2009 puede ser debida, en parte, a la combinación de políticas macroeconómicas y financieras más sólidas y al cambio hacia posiciones financieras internacionales más seguras.

 

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