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Mejores espacios urbanos para reducir la violencia: la historia de Raúl

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Raúl es de baja estatura, delgado y porta una enorme sonrisa. Viéndolo, es difícil creer que este joven de quince años fuese temido en su comunidad como líder pandillero y que sea el autor de crímenes horribles en la Colonia Santa Marta, de El Salvador.

Como muchos otros jóvenes de su comunidad, las opciones de vida que llevaron a Raúl a unirse a una pandilla tienen que ver con el diseño de la ciudad en la que vive.  La falta de puestos de trabajo en su comunidad obligó a sus padres a viajar grandes distancias hasta sus lugares de trabajo, y Raúl se quedaba solo durante todo el día. 

La desigualdad histórica de la infraestructura de San Salvador vedó el acceso a servicios básicos; hitos geográficos comunitarios mal iluminados y abandonados sirvieron de campo fértil para el florecimiento de actividades criminales. En este contexto, la pandilla le proporcionó a Raúl una red de protección que llenó el vacío dejado por innumerables años de abandono.

La violencia, aunque prevalente en distintos entornos, es más severa y visible en las áreas urbanas. Por primera vez en la historia, más de la mitad de la humanidad vive en ciudades; un abrumador 90% de este crecimiento tiene lugar en países en desarrollo. Las ciudades albergan a la mitad de la población mundial y se espera que absorban casi todo el crecimiento poblacional en los próximos 25 años.

Pero aun con todos los cambios positivos que brinda el crecimiento urbano, la cantidad de desafíos también aumenta. Entre los más preocupantes figura la violencia urbana. En América Latina y el Caribe, el alcance y la prevalencia de la violencia ha estado aumentando en la última década, mientras que su impacto económico se estima en alrededor del 8% del PIB de la región.

Las tasas de homicidios en ciudades como San Pedro Sula, Caracas, Guatemala, Ciudad Juárez y Marceio son más del doble de las tasas nacionales promedio de homicidios. A medida que las ciudades continúan creciendo, tanto en tamaño como en población, será cada vez más importante que ese crecimiento venga aparejado de un planeamiento efectivo que integre estrategias urbanas y sociales, y que haga frente especialmente a la dinámica de la violencia urbana.

La primera vez que entendí realmente la importancia de integrar los programas urbanos y sociales para prevenir la violencia fue durante mi primera visita de campo a los programas de prevención de la violencia en América Central. Dirigía una delegación del Gobierno Hondureño en una gira de estudio de programas de prevención de la violencia urbana y nuestra primera escala fue el hogar de Raúl.

Una vez que entramos en Santa Marta, Raúl apuntó a una modesta cancha de básquetbol; “desde que la construimos — dijo — los homicidios cayeron de 32% a 3% por mes”. Este hecho me sorprendió. ¿Cómo puede un pedazo de cemento irregular tener tal impacto? A medida que Raúl contaba su historia, comencé a comprender.

Un marco útil para comprender el cambio radical ocurrido en la comunidad de Raúl es la “teoría de la ventana rota”, que aduce que las infraestructuras degradadas y el desorden físico facilitan el crimen porque estimulan la creencia entre la comunidad de que sus actos no conllevan consecuencias y que los delitos tienen menos probabilidades de ser castigados.

En la comunidad de Raúl, la cancha de básquetbol reemplazó un espacio que solía ser un parque abandonado lleno de basura — la ventana rota de su comunidad — transformándolo en un espacio para la recreación del que el barrio podía sentirse orgulloso. Esto a su vez le dio a Raúl y a su comunidad un sentimiento de orgullo y pertenencia, brindándole — a él y a otros — la oportunidad de abandonar las pandillas.

La construcción de la cancha de básquetbol también tuvo un impacto transformacional en la comunidad de Raúl porque la inversión en infraestructura se integró a la participación ciudadana.

El proceso de construcción de la cancha también fue participativo. Los vecinos se reunieron para construirla, pintar la valla a su alrededor y mantenerla segura. Súbitamente, lo que había sido un parque abandonado y foco de atracción para el narcotráfico fue reemplazado por miembros de una comunidad reuniéndose para practicar un deporte.

El empoderamiento y sentido de responsabilidad que resultan del involucramiento de una comunidad en las inversiones en infraestructura — especialmente en contextos marginales y de alta criminalidad — puede tener un efecto positivo enorme en la promoción de la cohesión social y la reducción de la violencia, como demuestra la historia de Raúl.

A medida que las ciudades y la demanda de seguridad pública crecen, el factor clave detrás de la modernización urbana en comunidades con altos niveles de criminalidad y violencia debe ser la participación ciudadana con un fuerte enfoque en solucionar la desigualdad.

Cualquier crecimiento que no esté enfocado en la igualdad y que siga perpetuando las desigualdades a través del entorno construido probablemente no resulte en una reducción significativa de los niveles de violencia.

Después de todo, muchas veces son las características físicas del espacio construido habitado por los pobres las que refuerzan o empeoran las persistentes desigualdades que enfrentan. Los esfuerzos de desarrollo urbano deben venir acompañados de los programas sociales y comunitarios necesarios para generar las soluciones que garanticen el desarrollo sustentable de las nuevas ciudades en expansión, así como el desarrollo humano de sus habitantes. Raúl y su comunidad son la mejor prueba de que es así.

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