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Empleo: una buena hoja de vida se forja desde la infancia

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En el Perú del presidente Ollanta Humala, como en toda América Latina, sacarse buenas notas en la escuela, conseguir un buen trabajo, tener acceso a oportunidades para salir adelante, dependen en gran medida de tan sólo un número: los primeros 1,000 días en la vida de una persona, es decir desde la concepción hasta los dos años de edad.

Proveer salud, nutrición y un entorno adecuados durante esta etapa no sólo garantiza que madre e hijo sobrevivan al embarazo y se mantengan sanos, sino también que el cerebro del niño se desarrolle adecuadamente para asumir el aprendizaje en la escuela y a lo largo de toda su vida. ¿La razón? Durante estos 1,000 días se desarrolla hasta el 80% de nuestra arquitectura cerebral.

Según un estudio sobre empleabilidad que preparé recientemente, el desarrollo de habilidades genéricas–cognitivas y socioemocionales— es clave para el éxito laboral y para desarrollar la "aptitud para aprender" de una persona a lo largo de la vida, lo cual le permitirá adaptarse a los nuevos problemas y situaciones que se presenten.

¿Cómo fomentar el desarrollo de estas aptitudes? La formación de habilidades es un proceso acumulativo a lo largo del ciclo de vida. Es como subir por una escalera: desde la edad temprana hasta la vida adulta, el desarrollo y el aprendizaje en cada peldaño sientan las bases para avanzar al siguiente peldaño. Hay períodos sensibles en los que la interacción entre la heredabilidad (influencia genética) y el entorno familiar y comunitario es determinante. Las inversiones tempranas son clave. La neurología nos enseña que la plasticidad del cerebro disminuye con la edad. Por ello, mientras más temprano más fácil y eficaz es influir en su buen desarrollo.

Se pueden distinguir tres etapas cruciales, que deben ser tomadas en cuenta en el momento de establecer políticas públicas. La primera, como dije antes, comprende los "primeros 1000 días" de vida, también llamados la "ventana de oportunidad nutricional". Es por ello que son clave las intervenciones costo-eficientes para apoyar el ingreso familiar y garantizar el acceso a servicios básicos de calidad, conocimientos y a prácticas de higiene y alimentación –sobre todo de la madre.

La segunda etapa comprende el desarrollo infantil temprano, entre los 2 y 5 años de edad, donde se desarrollan las "Aptitudes para la escuela". En esta etapa preescolar se concentra la adquisición del lenguaje y la habilidad socio-emocional crítica –la capacidad de autorregulación. Para muchos sicólogos y educadores, estas habilidades definen si un niño o niña está preparado para la escuela. La autorregulación es esencial para potenciar conductas y tareas que requieren renunciar a la gratificación instantánea tales como estudiar, seguir horarios y metas, y controlar las emociones y reacciones a lo largo de la vida. Hay que cuidar que las pruebas para ingresar a la escuela no otorguen un peso desmedido a que el niño aprenda a escribir o a sumar, dejando menos espacio para fomentar su desarrollo socioemocional.

La tercera etapa corresponde a la escolarización básica en la que se consolidan las "Aptitudes para el aprendizaje continuo". Aunque la ventana para expandir el lenguaje y otras capacidades cognitivas (como la memoria) permanece abierta durante toda la vida, el desarrollo de la arquitectura cerebral hace que sea más eficiente hasta la pubertad.

Por su parte, las habilidades socioemocionales, como la autorregulación, y con ello la perseverancia y capacidad para el trabajo en equipo, se siguen moldeando con mayor fuerza hasta los primeros años de la adultez. En esto inciden la calidad de las relaciones que el niño establece en su entorno familiar y social (incluyendo la escuela), y los diversos factores que inciden en la calidad educativa, especialmente la calidad de la práctica pedagógica, así como los recursos para el aprendizaje, y el apoyo de los padres.

Estudios recientes demuestran que es posible moldear las habilidades socioemocionales mediante intervenciones públicas de apoyo a las familias y la escuela. Un ejemplo importante es el programa "Herramientas de la Mente", un currículo y práctica pedagógica para la educación preescolar centrados en el desarrollo de la autorregulación de los niños y niñas.

La intervención, que pone un gran énfasis en el juego, pasa por un cambio desde la regulación inducida por otros, hacia dotar a los niños con herramientas mentales que le ayudan a regular su conducta y promover el pensamiento reflexivo. Otro ejemplo es el currículo de Promoción de Estrategias para el Pensamiento Alternativo (PATHS, por sus siglas en inglés), que enseña a los niños en la escuela primaria e intermedia habilidades de autorregulación, conciencia emocional, toma de decisiones y solución de conflictos.

En ambos casos, los profesores reciben materiales curriculares detallados, capacitación y apoyo amplios a lo largo del año escolar. Hay intervenciones similares para incidir en la escuela secundaria.

Estudios de evaluación controlados con asignación aleatoria han mostrado que estos programas mejoran significativamente la autorregulación y otras habilidades socioemocionales y con ello el desempeño académico y social de los niños.

También se ha demostrado una elevada rentabilidad social de las inversiones en la edad temprana. Países como Colombia, y estados como Nueva York e Illinois en los Estados Unidos ya están adoptando estándares de aprendizaje socioemocional en el sistema educativo. Una evaluación rigurosa reciente de un programa de capacitación laboral de jóvenes en la República Dominicana muestra que es posible mejorar su inserción laboral a través de la enseñanza de habilidades socioemocionales. En México uno de los programas más grandes de la región, Educación Inicial alcanza a unos 400.000 niños y sus padres en comunidades remotas de todo el país.

En Perú, el Banco Mundial ha estado involucrado activamente en la mejora del sistema educativo nacional mediante proyectos de asistencia técnica –que incluyen la crucial prueba de matemáticas y lectura llamada Evaluación Censal de Estudiantes (ECE).

La evidencia es clara: hay políticas y programas para incidir de manera costo-efectiva en el desarrollo de las habilidades genéricas de una persona. Esto es un proceso sinérgico, donde cada etapa se construye sobre la base de la anterior.

Sin una buena base de habilidades genéricas, la capacitación laboral en la edad adulta tiende a no ser efectiva. Lo que no se hace bien durante la infancia y edad escolar es muy difícil remediarlo después. Las familias y sociedades que no logran hacerlo bien en el momento oportuno pierden la oportunidad. Hay que esperar casi dos décadas antes de que las inversiones en la primera infancia y en la edad escolar se traduzcan en una fuerza laboral más productiva y mejoras en el ingreso familiar y nacional.

Hay que empezar ahora. El compromiso político y consenso social es clave para sostener los esfuerzos.

 

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