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¿Podemos culpar al cambio climático por los altos precios de los alimentos?

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Si uno se preguntara sobre la relación que existe entre el cambio climático y la actual crisis alimentaria, sospecho que muchas personas responderían de manera instintiva que el calentamiento global es, por lo menos, parcialmente responsable del incremento del precio de los alimentos.

¿Por qué? Porque es la causa -argumentarían- de los múltiples eventos climáticos extremos que afectaron la producción en algunas de las principales regiones productoras, desde Europa Oriental y Asia Central hasta Australia y el Cono Sur de América Latina.

¿Es válida la hipótesis de tal conexión? Bueno, sí y no. ‘No’ en el sentido en que realmente no podemos atribuir eventos climáticos específicos al calentamiento global. Después de todo, los eventos extremos suceden incluso sin cambio climático: un evento que ocurre una vez cada cien años ocurre, justamente, una vez cada cien años (¡obviamente!).

Realmente no hay manera de saber si por azar este es el año elegido, o si ese evento se ha vuelto más probable debido a un cambio en la distribución de la probabilidad. (Para poder afirmar que la distribución de la probabilidad de estos eventos poco comunes varió, necesitaríamos una muestra con observaciones que abarquen varios siglos).

Por otro lado, el ‘sí’ es una respuesta válida porque la ciencia es bastante clara respecto a que el cambio climático reducirá la producción mundial de alimentos (en ausencia de un cambio tecnológico compensatorio), cambiará su distribución e incrementará su variabilidad.

Esto, a su vez, hace que sea más importante que nunca que los mercados mundiales permanezcan abiertos y faciliten el comercio agrícola, por dos razones.

A largo plazo, a medida que las ventajas comparativas para la producción de alimentos varían, el traslado de comida desde países donde se produce eficientemente a países con déficit alimenticio requerirá de nuevos patrones de comercio. Segundo, año tras año, la mayor variabilidad climática generará distorsiones locales a corto plazo en la cadena alimenticia que requerirán un ajuste rápido del comercio alimenticio para evitar cualquier tipo de escasez.

Desafortunadamente, una de las lecciones de las recientes y severas alzas en el precio de los alimentos es que cuando surge la escasez, existe la tendencia a reaccionar con políticas comerciales que "empobrecen al vecino" con la excusa de aislar a los consumidores y productores domésticos de la fluctuación de precios internacionales.

De esta manera, incrementan la volatilidad de los precios mundiales y desvían los costos del ajuste hacia otros países. Estas acciones incluyen aumentos en las barreras a las exportaciones que, ahora se sabe, amplificaron el alza de precios. La prohibición de las exportaciones representaron alrededor del 40 por ciento del aumento en el precio mundial del arroz y el 25 por ciento del aumento del trigo, según señalan en su estudio Trade Distortions and Food Price Surges, Will Martin y Kim Anderson.

Pero se sabe menos del papel de las reducciones ad hoc en las barreras a las importaciones de varios países, que tuvieron un efecto muy similar en tanto que redujeron las fluctuaciones de los precios domésticos a la vez que magnificaron la variabilidad de los precios internacionales. Por lo que sé, el impacto de estas reducciones en los aranceles de importación no ha sido cuantificado, pero dado lo común de estas prácticas, el impacto agregado podría haber sido bastante significativo. Ninguna de estas medidas está sancionada de manera efectiva bajo las actuales reglas de la OMC.

Y existe otra conexión significativa, de ida y vuelta, entre el cambio climático, las crisis de los alimentos y la política comercial mundial.

Parte de la solución a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero provenientes del transporte implicará inevitablemente la sustitución de la gasolina y el diesel por biocombustibles. Sin embargo, si bien se está debatiendo su significado cuantitativo, está claro que una mayor producción de cultivos para biocombustibles tendrá un impacto cada vez mayor en la tierra disponible para cultivar alimentos.

Para minimizar esta pérdida, es vital que los cultivos para biocombustible se produzcan de la manera más eficiente posible en cuanto a la tierra utilizada. Es aquí donde aparece el vínculo comercial: la liberalización del comercio de biocombustibles aumentaría la competencia en ese sector, mejorando la eficiencia, reduciendo costos, y permitiendo a los productores más eficientes del mundo ampliar su participación en el mercado de biocombustibles.

Por ejemplo, se calcula que producir un litro de etanol de caña de azúcar en Brasil requiere la mitad de la tierra necesaria para producir el mismo litro a partir del maíz en los EE. UU. Transferir parte de la producción de los EE. UU a Brasil ayudaría a reducir la cantidad de tierra desviada de la producción de alimentos. Actualmente, las políticas de promoción de biocombustibles distorsionan los patrones internacionales de comercio e impiden este cambio y, paralelamente, imponen un elevado costo a las poblaciones de los países que los emplean. 

Obviamente, para que estos beneficios sean fructíferos, el aumento en la producción brasileña debe hacerse sin talar bosques, pero como Brasil cuenta con los suficientes pastizales degradados, este tipo de cultivo podría usarse de manera más productiva.

 

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