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Madagascar

Madagascar: Desarrollar los recursos cognitivos de los más pobres

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​Foto: Laura B. Rawlings / Banco Mundial

Son las 8 de la mañana. El sol del invierno comienza a aparecer sobre la masa gris verdosa de árboles en la aldea de Tritriva ubicada en la meseta central de Madagascar. El patio de una iglesia de piedra ya está lleno de mujeres; muchas de ellas sostienen en sus brazos a niños que aún están durmiendo. Se han reunido por primera vez en dos meses para recibir un pago en efectivo del Estado malgache.

Las mujeres son pobres y todas viven con menos de US$2 al día. El dinero que reciben del Gobierno asciende a alrededor de un tercio de sus ingresos en efectivo para los dos meses que transcurren entre cada pago. Esta ayuda les permitirá en gran medida sustentar a sus familias durante el resto del invierno.

Estos pagos iniciados por el Gobierno de Madagascar, con el apoyo del Banco Mundial, son parte de un nuevo programa puesto en práctica por los Fonds d'intervention pour le Développement (Fondos de intervención para el desarrollo, FID) para combatir la pobreza en las zonas rurales de Madagascar y proporcionar vías sostenibles de desarrollo de las personas.
 

Para combatir la desigualdad tenemos que eliminar las disparidades en la infancia

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Parece que todo el mundo está hablando de la desigualdad (i) en estos días y yo, por mi parte, estoy contenta de ver que este tema está siendo destacado durante los debates sobre el desarrollo.

Podemos analizar de varios modos la falta de igualdad, todos los cuales están relacionados. La desigualdad de resultados —que se expresa en las diferencias en los logros académicos, la evolución profesional, los ingresos, etc.— es una de las maneras más evidentes y que, en sí misma, no es necesariamente negativa. El premio al esfuerzo individual, a los talentos innatos y a las opciones de una vida mejor puede incentivar la innovación y el espíritu empresarial, y ayudar a impulsar el crecimiento.  

Consejo de Seguridad de la ONU analiza fragilidad y recursos naturales

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Imagine que es dirigente de un país africano y todo su presupuesto gubernamental anual es de US$1.200 millones.

Ese mismo año, un inversionista vende el 51% de su participación en una enorme mina de mineral de hierro de su país por US$2.500 millones, que equivalen a más del doble de su presupuesto anual.

E imagine haber ordenado una revisión de las licencias mineras otorgadas por los Gobiernos anteriores y enterarse que el inversor que realizó la transacción por US$2.500 millones había obtenido gratuitamente una licencia de explotación minera en su país.

Es lo que sucedió en Guinea. Es la historia que el presidente de Guinea, Alpha Condé, contó en la conferencia del Grupo de los Ocho (G-8) sobre comercio, transparencia e impuestos, que se realizó en Londres. Y es una historia que me pareció conveniente compartir la semana pasada en la reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) sobre Estados frágiles y recursos naturales.

En términos estrictos de dólares, resulta claro que los recursos naturales tienen el potencial para financiar el desarrollo transformador en los Estados frágiles. Si se gestionan adecuadamente, los países pueden usar estos recursos para ayudar a romper el círculo de violencia y fragilidad. El éxito significa potencialmente estabilidad, desarrollo y fin de la dependencia de la ayuda.