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Cambios en el financiamiento de los programas de VIH/SIDA

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Durante mi participación en un estudio sobre la eficiencia del gasto en VIH en Sudáfrica, conocí a una joven madre VIH positivo que acababa de recibir la feliz noticia de que su hija recién nacida estaba sana y libre del virus. Secándose las lágrimas de alivio, describió la gratitud que sentía por los funcionarios de la clínica prenatal, que la habían ayudado a iniciar un tratamiento antirretroviral (TAR) y gracias a quienes ahora tenía la esperanza de un futuro prometedor para su hija. Este encuentro fue solo una de las muchas situaciones similares durante el estudio, y, como lo demuestran nuestros datos preliminares, es representativo de los efectos positivos del gran compromiso del Gobierno de reducir las tasas de contagio.

Sudáfrica ha organizado una de las respuestas más sólidas para enfrentar el VIH en el mundo. Su éxito más espectacular ha sido el aumento de los TAR desde 2003, que se ampliaron de casi no tener ningún tratamiento hasta llegar a ser el mayor programa nacional de salud que benefició a aproximadamente 1,5 millones de personas en 2011 (de una población total de 5,6 millones de infectados).

Los impactos de este impulso al tratamiento ya están visibles en la tendencia a la baja de la mortalidad global, materna e infantil, después de los índices máximos relacionados con el VIH de entre comienzos y mediados de la década de 2000. Sin embargo, el costo de mantenimiento de este éxito es enorme: Sudáfrica se ha comprometido a una meta estimada de entregar tratamiento farmacológico caro de por vida a casi el 10% de toda la población. Y, a pesar de que los negociadores del Gobierno lograron rebajar los precios de los medicamentos para el TAR en un 65% desde 2008, las campañas de detección del VIH exitosas, junto con el preocupante aumento de la resistencia a terapias de primera línea parecen incrementar aún más el riesgo financiero.

Estos desafíos no se limitan a Sudáfrica. Un análisis de la dimensión fiscal del VIH/SIDA en varios países, publicado por el Banco Mundial a comienzos de este año, llegó a la conclusión de que sin grandes inversiones adicionales en la prevención a partir de ahora, el costo del tratamiento será rápidamente inasequible, incluso para la mayoría de las naciones que más dinero tienen en el continente africano.

Los principales asuntos sobre políticas no son exclusivos de Sudáfrica o el continente africano, pero la magnitud de las necesidades y las severas limitaciones de recursos de los países de ingreso bajo más afectados aumentan su importancia. Un objetivo fundamental que aborda desafíos tanto humanos como financieros está acelerando el logro de la transición del SIDA, invirtiendo la tendencia del aumento de infecciones. Esto no significa un retorno a la falsa dicotomía de tratamiento frente a prevención: el tratamiento es una forma de prevención. Pero sí significa un enfoque mucho más dinámico dirigido a esta última que utiliza todas las herramientas disponibles: médicas, tecnológicas y conductuales.

Es fundamental otra transición –simultánea- para mantener los avances logrados, especialmente para los países de ingreso bajo que dependen en gran medida de la asistencia de los donantes para el tratamiento. Se trata de un cambio en el enfoque del financiamiento y la prestación que integra la respuesta a nivel nacional, a través de las entidades de financiamiento y los proveedores de servicios en el sector de salud, y en todos los sectores relacionados con la prevención. El fortalecimiento de los sistemas debe dar por resultado servicios de mejor calidad, obteniendo el máximo beneficio con recursos limitados, y prestando atención a las mejoras cuantificables en los resultados del sector de salud. Esta perspectiva trasciende el debate que enfrenta al fortalecimiento del sistema de salud con las intervenciones específicas. También promueve una transición de la innovación en pequeña escala a las respuestas sistémicas, sólidas y multisectoriales que respondan a las necesidades de la población.

La labor analítica rigurosa debe continuar para ayudar a los Gobiernos a resolver los problemas de sostenibilidad a largo plazo tanto del tratamiento como de la prevención. Se deben destinar recursos a las personas con mayor riesgo de transmisión del virus y en las zonas geográficas de alto contagio, con intervenciones que hayan probado ser eficaces en función del costo y se ajusten al contexto específico de la epidemia en el país, mientras que la eficiencia técnica se ocupará de la reducción o el mantenimiento de los bajos costos unitarios de los servicios relacionados con el VIH.

El mundo está aprendiendo cada día más sobre el impacto y la respuesta al VIH/SIDA, pero el conocimiento debe convertirse en acción. La prudencia dicta no solo el redoblamiento de los esfuerzos o más recursos, sino un planteamiento más sólido sobre la prevención en todos los sectores y la integración de las políticas y la perspectiva fiscal a mediano plazo.

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