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Una escuela llamada Uruguay: Cómo manejar la crisis de Siria sin comprometer las inversiones en desarrollo a largo plazo

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Es fácil olvidar el comienzo de las clases cuando los titulares de prensa destacan la violencia y la agitación política en Oriente Medio y Norte de África. Los niños, desde el Mashreq hasta el Magreb, han iniciado el retorno a la escuela. Los padres compran útiles escolares para los más pequeños y millones de adolescentes están recorriendo un camino que puede forjar su futuro profesional. Esta semana, el blog del Banco Mundial Voces presenta “Regreso a la escuela 2013”, una serie centrada en los desafíos que maestros y estudiantes enfrentan en la región, y las políticas y programas que pueden cambiar a una generación. Esperamos sus comentarios.

Alguna vez estuvo en los terrenos de la embajada de Uruguay en el Líbano, y de ahí le quedó el nombre. En la actualidad, la escuela primaria Uruguay se encuentra en un edificio nuevo ubicado en una zona bulliciosa y completamente diferente de Beirut. Es difícil reconocerla como un colegio a primera vista ya que se trata de un inmueble de siete pisos que se encuentra entre otras construcciones de altura de oficinas y fábricas en una importante avenida.
 
El silencio reina en su interior. Los estudiantes acaban de partir hacia sus vacaciones de verano y no se escucha ninguno de los ruidos característicos de una escuela: la tiza sobre la pizarra, los maestros dando clase, los alumnos susurrando o, a veces, riendo. Solo permanecen allí la directora y el personal clave, organizando el término del año escolar.



Es una escuela relativamente pequeña, que tiene 206 alumnos y 26 maestros. Hemos venido a hablar con la directora en el marco de la segunda fase del Proyecto de Desarrollo de la Educación (EDP II) que acaba de comenzar. La directora participó en la primera etapa y queríamos saber cómo le ha ido desde entonces. Por lo que sabemos de su liderazgo y la atención que ella y su equipo brindan a los estudiantes, este establecimiento tiene todos los componentes de una buena escuela pública.

La escuela Uruguay funciona en sus instalaciones actuales desde hace solo un año. Preguntamos a la directora Rouhana si ha sabido de algún alumno sirio en el vecindario. ¿Uno o dos, tal vez? Desde que estalló el conflicto hace dos años, el Gobierno libanés ha abierto las puertas al país vecino, ofreciendo admitir a todos los niños sirios en edad escolar en el sistema educativo público. Nos preguntamos si hay alguno en esta zona de Beirut. Rouhana explica que efectivamente hay 65 estudiantes sirios, es decir un tercio del alumnado.

En un año llegaron 65 alumnos nuevos, el equivalente a dos cursos.

Un poco más tarde esa mañana, visitamos la oficina de educación del distrito de Beirut, donde nos encontramos con su director. Este se hace un tiempo para vernos, a pesar de que se encuentra abrumado por 101 asuntos, grandes y pequeños, que surgen durante el periodo de exámenes de fin de año. Haciendo caso omiso de las llamadas que hacen zumbar su celular, nos explica que aunque solo 90 estudiantes sirios se matricularon al comienzo del último año escolar en su distrito, 5.000 han llegado desde entonces. Es decir, 5.000 solamente en las 47 escuelas de su distrito.

 Aproximadamente 300.000 niños libaneses en edad escolar asisten a escuelas públicas, mientras que unos 510.000 están matriculados en establecimientos privados. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que, a fin de año, habrá en el país 480.000 niños sirios en edad escolar (de 6 a 14 años). Si estas cifras son exactas, ello significa que llegarán cada día unos 1.000 alumnos, es decir, el equivalente a cuatro o cinco escuelas de nuevos estudiantes.

Si bien estos números son asombrosos, no reflejan más que una parte del problema. La cuestión fundamental es saber si el Líbano puede gestionar las dificultades que surjan sobre el terreno para absorber este flujo en cada establecimiento educacional.

Por supuesto, los que lleguen se dispersarán por todo el país. Algunos se inscribirán en colegios privados, si sus padres cuentan con los medios para hacerlo; muchos optarán por establecimientos públicos, mientras que otros tanto no asistirán a la escuela, terminando así abruptamente su vida académica.

Habrá muchos desafíos para el sistema. Proporcionar acceso es uno de ellos. Por el momento, solo una escuela del país ha tenido que incorporar dos jornadas de clases debido al exceso de población: los alumnos fueron distribuidos en dos grupos iguales (uno asiste por la mañana y el otro por la tarde). Es probable que otros colegios se vean obligados a seguir su ejemplo.

La escuela Uruguay tiene mucho espacio en los siete pisos y, por el momento, cuenta con suficiente personal. Sin embargo, si el número de recién llegados aumenta, encontrar los maestros necesarios puede ser un problema. El Líbano recurre a profesores con contratos especiales para cubrir las necesidades, pero no está claro que esta medida sea suficiente. Algunos han sugerido llamar a docentes sirios desplazados para que ayuden, pero el reconocimiento de las categorías profesionales y las diferencias en los programas lo han impedido hasta ahora.

Los retos  son también enormes para los estudiantes sirios que se matriculan en las escuelas. Las vidas de estos niños se han interrumpido, algunos han perdido hasta dos años de escolaridad. Como señalan los maestros de la escuela Uruguay, además de que muchos de ellos presentan un menor nivel académico, algunos todavía están profundamente traumatizados por los acontecimientos de su país de origen, y el sufrimiento es visible. Los consejeros escolares hacen lo que pueden. Para aquellos que logran adaptarse, las diferencias en los programas siguen siendo problemáticas. Los alumnos libaneses comienzan a estudiar lenguas extranjeras relativamente pronto, tomando clases de matemáticas y ciencias en inglés o francés. Para los estudiantes sirios, esto representa un gran obstáculo. El personal de la escuela Uruguay explicó cómo habían logrado ayudar a algunos estudiantes, pero otros, incluso con un programa reducido de estudios, no lo logran. Algunos --a pesar de toda la atención-- incluso podrían abandonar la escuela.

Para los estudiantes libaneses, los desafíos son sutiles, pero también significativos. La afluencia de nuevos alumnos puede desorientarlos. Incluso ha habido informes de peleas entre los estudiantes mayores. Un maestro explica el problema: “Lo que necesitan es organización en su vida. Ese es un aspecto importante de la educación que a veces se olvida: crea orden en la vida cotidiana de los niños. Todos los estudiantes lo necesitan. Hacemos nuestro mejor esfuerzo para crear rutinas predecibles todos los días”.

El proyecto EDP II tiene como objetivo desarrollar la calidad de las escuelas públicas del Líbano, centrándose en la atención y educación de la primera infancia, el desarrollo profesional de directores y maestros, y la mejora de la capacidad de gestión del Ministerio de Educación. Nada sugiere que el conflicto de Siria vaya a terminar pronto, y es probable que la crisis de los refugiados tenga algún impacto en el proyecto.
Sin embargo, el Gobierno tiene a su favor que prefiere mantener los objetivos del proyecto tal como se planificaron inicialmente. Se realizarán los esfuerzos necesarios para acomodar a los recién llegados, garantizando al mismo tiempo que la crisis humanitaria no comprometa la inversión a largo plazo en la educación pública.

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