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El uso de la tecnología funciona para solucionar los problemas de los pobres; simplemente tenemos que hacerlo bien

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© Sarah Farhat/Banco Mundial

Siempre que viajo, uno de los signos alentadores que observo es la diferencia que está marcando la tecnología en la vida de millones de personas marginadas. En la mayoría de los casos, esto sucede a pequeña escala, sin atraer la atención y de cientos de maneras diferentes, mejorándose silenciosamente las oportunidades de progreso denegadas a las comunidades remotas, las mujeres y los jóvenes.

Y debido a que esto pasa desapercibido, me atrevo como optimista que soy a insinuar que estamos en el inicio de algo importante, un lento “tsunami” de cosas positivas. Permítame mencionarle algunas de las razones por las que creo esto.

Aissata vive en Ganyah, una aldea remota en Guinea que fue gravemente afectada por la crisis de ébola. Ella invierte parte de una transferencia monetaria mensual en un proyecto de microfinanciamiento en que participan otras mujeres, y cuyos fondos los usan para cultivar vegetales que venden luego en el mercado. Con los ingresos que obtiene, alimenta a sus hijos y los envía a la escuela. Las perspectivas de vida de la familia de Aissata han sido literalmente transformadas por la tecnología, ya que sin esta última no habría sido posible llegar a ella para incorporarla en el registro social.

Desde Guinea a Chile, Turquía, Djibouti, Pakistán e Indonesia, los registros sociales ayudan a conectar a la gente con servicios públicos de protección social, salud e inclusión financiera, y a lo largo del proceso dar prioridad a los más pobres. Y las invisibles plataformas tecnológicas que se utilizan parar crear estos registros permiten ahorrar el gasto de millones de dólares causado por errores en la era predigital.

En Pakistán, el 85 % de la población ahora está inscrita en el registro social. Este sirve a 70 programas diferentes y ha contribuido a ahorrar USD 248 millones. En Sudáfrica, un proceso similar permitió economizar USD 157 millones. En tanto, en Argentina, al vincular 34 bases de datos de programas sociales con números únicos de identidad se logró detectar errores en la elegibilidad de los beneficiarios, ahorrándose USD 143 millones en un periodo de ocho años.

Dos mil millones de personas trabajan en la economía informal en el mundo, y muchos de esos trabajadores carecen de protección social. Los seguros sociales prácticamente no existen en los países de ingreso bajo, e incluso en los países de ingreso mediano alto solo el 28 % de las personas tiene una cobertura de ese tipo. Sin embargo, los ecosistemas de pagos digitales y móviles están brindando nuevas oportunidades.

En India, innovaciones como el sistema Unified Payments Interface están acercando a los pobres a la economía sin dinero en efectivo. Se usan plataformas de microseguros y “estímulos” para incentivar a las personas a hacer contribuciones sin dinero en efectivo, flexibles y voluntarias. Con el respaldo de suplementos del Gobierno, los trabajadores informales obtienen cobertura.

En Zambia, unas 75 000 niñas y mujeres en zonas remotas y rurales pueden elegir cómo quieren recibir los pagos digitales, ya sea a través de un banco, una billetera móvil o una tarjeta de prepago. Y en África occidental, existe un plan ambicioso para proporcionar 100 millones de identidades digitales a más tardar en 2028, en el que se incluirá a poblaciones nómadas, personas sin hogar, grupos minoritarios y gente que vive en zonas de conflicto.

En Indonesia, el programa de transferencias monetarias “Esperanza para las familias” ha beneficiado a 10 millones de hogares pobres, ampliándose a lugares apartados en la región oriental del archipiélago para lograr metas de desarrollo humano. En Líbano, nuestra alianza con el Programa Mundial de Alimentos ayuda a fortalecer la coordinación con el sistema de organismos de asistencia humanitaria y a proporcionar ayuda alimentaria a través de una tarjeta electrónica que se entrega a los hogares más pobres del país, así como a los hogares de los refugiados sirios.

A la vez que más personas se incorporan a la “economía de los pequeños encargos” (gig economy) incluso en los países desarrollados, cabría considerar cómo los programas de protección social pueden ofrecer nuevas oportunidades a los trabajadores informales para que mantengan sus beneficios y prestaciones, independientemente del empleador para el cual trabajen. El Informe sobre el desarrollo mundial 2019 (PDF, en inglés) del Banco Mundial analiza de manera exhaustiva este y otros aspectos del futuro del trabajo.

El uso de la tecnología está permitiendo llegar a las personas excluidas, incluso más a medida que una mayor cantidad de elementos de la economía física pasan a ser parte del mundo virtual. No hay que oponerse a esta tendencia inexorable, ya que representa un enorme potencial para aprovechar los grandes avances logrados en las últimas décadas hacia un mundo más justo. Pero para que esto suceda tenemos que hacerlo bien.

El Banco Mundial ocupa una posición de liderazgo en los esfuerzos por asegurar que la tecnología, que está reconfigurando nuestro futuro, se traduzca en inclusión social para todos, en particular la población que corre mayores riesgos de quedar rezagada. La prueba de esto es el 85 % de nuestra cartera de operaciones comprometida a través de 92 proyectos de protección social y empleo.

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