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Empoderar a las nuevas generaciones para que actúen

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Photo by CIAT via CIFOR Flickr
Vista aérea de la selva tropical del Amazonas cerca de Manaus, Brasil.
(Foto de Neil Palmer / CIAT a través de Flickr).​
Cuando observo la tasa de agotamiento de los recursos, la erosión del suelo y la disminución de las poblaciones de peces —los impactos del cambio climático en casi todos los ecosistemas—, veo un mundo físico que se degrada lentamente pero de manera inexorable. Lo denomino la “realidad que se esfuma” –la nueva normalidad–, es decir fenómenos de aparición lenta que nos van llevando a la pasividad y la aceptación de un mundo menos rico y diverso.

Durante mi vida, he visto aguas que estaban repletas de peces multicolores convertirse en aguas muertas como un acuario vacío. He visto en las calles de Bogotá, mi ciudad natal, la pérdida de miles de árboles en cuestión de años.

Es tentador sentirse desmoralizada. Pero hay también esperanza al ver que especialistas en áreas protegidas del mundo, conservacionistas y responsables de la toma de decisiones se reúnen esta semana en Sydney (Australia), con ocasión del Congreso Mundial de Parques.

Desde que se celebró el último congreso hace 11 años en Durban,Sudáfrica, hemos logrado duplicar las áreas protegidas y ahora cubren cerca del 15 % de la tierra y 3% de los oceános. El Banco Mundial contribuyó a estos logros con numerosos proyectos que ayudaron a establecer y fortalecer el financiamiento de áreas protegidas desde la Amazonia brasileña hasta las zonas de arrecifes de coral en Indonesia entre otros ejemplos.

También hemos realizado progresos importantes en la forma de pensar acerca de la naturaleza. Las personas se están dando cuenta poco a poco de que el planeta es su hogar y que pueden —y de hecho deben— desempeñar un papel activo en su cuidado. Esto no es tan obvio como parece, y queda mucho por hacer.
A medida que las personas se trasladan a las ciudades y los países se industrializan, vemos que las nuevas generaciones pierden la noción básica de los vínculos que existen entre los ecosistemas saludables y los alimentos y el agua de los que dependen para sobrevivir. (Pregunte hoy a un niño de dónde viene el pollo y es probable que diga que viene de un refrigerador del supermercado). La vida silvestre, desde los elefantes a las humildes abejas polinizadoras, también está en riesgo de ser tratada como un entretenimiento prescindible en los zoológicos y documentales, en lugar de socios y vecinos esenciales de los ecosistemas.

Hace 10 años, pocas personas comprendían el concepto de la contabilidad del capital natural. Los contadores eran héroes improbables en la lucha por la conservación de la naturaleza. Hoy en día, por ejemplo, hay una creciente demanda del tipo de trabajo que realiza la Alianza Mundial de la Contabilidad de la Riqueza y Valoración de los Servicios de los Ecosistemas (WAVES, por sus siglas en inglés). Cada vez más países piden ayuda para evaluar sus cuentas de recursos naturales (¿Cuánta agua tenemos? ¿Qué está pasando con las reservas forestales?). Cada vez son más las naciones y las empresas privadas interesadas en ir más allá del producto interno bruto (PIB) y el beneficio financiero neto, para comprender la seguridad a largo plazo de su crecimiento y sus cadenas de suministro. Los responsables de la toma de decisiones y de las inversiones están redescubriendo que la salud de los activos naturales sustenta la riqueza y el bienestar a largo plazo. Este año, en Sydney, gran parte del debate se centra en el valor de las áreas protegidas en un panorama rural más amplio y como parte integral de una economía funcional que incluye los medios de subsistencia, el empleo y los servicios de los ecosistemas.

La conciencia acerca del cambio climático, que era mínima hace 10 años, también ha ayudado a concentrar el interés de la población en los limitados recursos del planeta. Los programas que buscan reducir las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación forestal (REDD+) para mitigar el cambio climático han abierto el espacio político en muchos países para que haya un debate sobre el uso del suelo en todos los sectores y se produzcan negociaciones acerca del aumento de la conservación de los bosques. Los fenómenos meteorológicos extremos han puesto de relieve el valor de las barreras naturales, por ejemplo los manglares costeros y las laderas boscosas, como mecanismos de recuperación económica y física.

Dicen que el conocimiento es poder. Ahora es el momento de convertir este en acción en todos los niveles de la sociedad y en todos los sectores económicos. Tenemos la oportunidad de hacer que la sostenibilidad ambiental deje de ser una preocupación ética marginal para convertirse en un componente fundamental de las estrategias de desarrollo; de poner los logros en materia del acceso al agua, la seguridad alimentaria, el transporte y un sinnúmero de otras áreas, sobre una base más sostenible.

Aunque las tendencias ambientales parecen desalentadoras, muchas de las soluciones son relativamente comunes e incluyen: gestionar la ganadería para permitir la regeneración natural de los árboles y el pasto; cuidar los arrecifes que protegen las zonas de reproducción acuáticas; mejorar las prácticas de pesca; hacer cumplir la legislación ambiental y procesar los delitos contra la vida silvestre; zonificar para tener un crecimiento urbano más organizado, y crear sistemas de transporte rápido por autobús.

Vivimos en la época del Antropoceno. Dejemos de pretender que frenar la degradación del planeta es tarea de otros.

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