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Jordania: Un hogar lejos del hogar para los refugiados sirios

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Escuela en Jordan. © Ayat Soliman l Banco Mundial


De las distancias que debieron cubrir los refugiados sirios cuando huyeron de la crisis de su país en 2012, probablemente una de las más cortas es la que recorrió Reem, de 9 años. Su familia caminó 30 kilómetros desde su pueblo de Deraa —en el sudoeste de Siria— hasta el municipio de Al Sarhan, ubicado justo en la frontera con Jordania, donde han vivido desde entonces. Este lugar está tan cerca que es posible que un niño sirio se sienta como en casa: se habla el mismo idioma, es un entorno parecido, la cultura y las tradiciones son similares, y muchas veces existen relaciones familiares lejanas que conectan a las tribus a través de generaciones. Sin embargo, sentirse como en casa es mucho más que eso para Reem.

A su familia se le hace difícil encontrar los medios para mantenerse, dado que trabajar legalmente no es una opción para su padre, que es contador, y que está tratando de ganarse la vida en el sector informal. Casi todos los refugiados sirios que trabajan en Jordania buscan empleo en sectores informales, como la agricultura, la construcción, el servicio de comidas y las ventas minoristas, donde son más vulnerables debido a que no tienen un estatus legal para poder trabajar.

Ella, sus dos hermanos y sus padres comparten una habitación modesta, cuyo alquiler representa una pequeña fortuna para los escasos ingresos y ahorros que tiene la familia. Reem perdió dos años de educación debido a que la escuela primaria a la que asistía no tenía capacidad para absorber la cantidad adicional de niños que llegaban a la aldea.

Solo pudo reanudar su educación cuando el Gobierno jordano abrió el turno vespertino para los niños sirios. Fue en esta escuela donde la conocí. Su hermano mayor fue menos afortunado porque tuvo que abandonar la escuela y trabajar en una pequeña tienda para ayudar a mantener a la familia.

La historia de la familia de Reem es muy común aquí en Al Sarhan, un municipio de 30 000 habitantes que comparte 15 kilómetros de frontera con Siria y que ha recibido a más de 16 000 refugiados, muchos de los cuales llegaron con la primera ola de expatriados en 2011. El alcalde de Al Sarhan, Ali Al Sarhan, enfrenta a diario el desafío de adaptar su municipio para que sea un lugar donde las familias sirias puedan tener una vivienda y condiciones de vida dignas. Al aumento de la población se suma la excesiva presión sobre la infraestructura, los servicios y las instalaciones básicas; el apilamiento de los residuos sólidos, y la competencia por los puestos de trabajo frente a la ya débil capacidad de provisión de servicios de la ciudad, debido a los ingresos, el apoyo del Estado y la capacidad institucional limitados.

Al momento de elaborar los futuros planes de los servicios municipales y el desarrollo económico local, el alcalde tiene que basar sus proyecciones en la cantidad total de habitantes, incluyendo a la población siria. La realidad es que muchos de los refugiados permanecerán aquí por un tiempo prolongado.

El apoyo del Banco Mundial a Jordania y los refugiados sirios se traduce en entregar ayuda humanitaria pero también en abordar las necesidades más sistémicas y de desarrollo que tienen tanto los refugiados como las comunidades de acogida a nivel local. Con la colaboración de los Gobiernos del Reino Unido, Canadá, Suiza y Suecia, el Banco Mundial puso en marcha un Proyecto de Resiliencia Social y Servicios de Emergencia, que tiene como objetivo ayudar a los municipios de Jordania y las comunidades anfitrionas a hacer frente a los impactos inmediatos del flujo de refugiados sirios en la entrega de servicios y fortalecer la capacidad municipal para apoyar el desarrollo económico local.

En los últimos dos años, los servicios llegaron a 1 877 000 personas, de las cuales 299 000 eran sirios y al menos el 45 % eran mujeres. En los municipios que han participado en el proyecto desde el primer año las inversiones per cápita en carreteras y gestión de residuos sólidos alcanzaron el nivel existente antes de la crisis. Una evaluación independiente de las intervenciones financiadas hasta la fecha también confirmó que estas respondían a las tres principales necesidades mencionadas por las comunidades: gestión de residuos sólidos, caminos públicos y alumbrado público.

No se trata solo de ayudar a las autoridades y los municipios locales a enfrentar y adaptarse, sino que es igualmente importante crear mecanismos e implementar actividades que fomenten la cohesión social entre las comunidades de acogida y los refugiados.

Las demandas históricas insatisfechas de los ciudadanos locales relacionadas con escuelas, centros de recreación u oportunidades laborales son ahora aún más pertinentes para evitar el aumento de las tensiones sociales entre las comunidades locales y los refugiados sirios. Y aunque Jordania ha sido uno de los países más hospitalarios con los inmigrantes sirios, la falta de oportunidades económicas hace que las condiciones estén empeorando para muchas de estas familias que están agotando sus ahorros a medida que pasan los meses.

Para ayudar a construir puentes de confianza entre los dos grupos, los programas de apoyo deberán pensar en crear espacios compartidos, prestando apoyo al mismo tiempo para abordar las tensiones sociales. Por ejemplo, tener aulas comunes para los niños, u ofrecer sesiones de capacitación en salud que reúnan a mujeres de las comunidades de acogida y a las mujeres refugiadas.

Además, integrar a los refugiados en el tejido social generará un sentido de intercambio de experiencias, que con el tiempo contribuirá a una mejor cohesión social.

Cada día, las cosas se facilitan un poco más para Reem. Está haciendo nuevos amigos en su barrio, y su padre ha logrado asociarse con un jordano para abrir una pequeña panadería. Aunque sueña con el día en que pueda volver a su casa en Deraa, dice: “Soy feliz aquí, me gustan mis maestros, estoy aprendiendo cosas nuevas y tal vez un día pueda ser maestra también, así podré ayudar a mi hermano a ponerse al día con lo que él se perdió”.

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