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Retraso del crecimiento: El rostro de la pobreza

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A nivel mundial, 165 millones de niños menores de 5 años sufren de malnutrición crónica, también conocida como retraso del crecimiento, o baja estatura en relación con la edad. Gran parte de este daño ocurre durante el embarazo y los dos primeros años de vida. Esto significa que el niño no se ha desarrollado por completo y la situación es esencialmente irreversible: tendrá pocas esperanzas de alcanzar todo su potencial.

La evidencia nos dice que la malnutrición cuesta vidas, perpetúa la pobreza y frena el crecimiento económico. Ahora sabemos que casi la mitad de todas las muertes infantiles a nivel mundial se atribuye a la falta de una buena nutrición. He visto en mi propio país, Indonesia, cómo el retraso del crecimiento causado por este problema ha minado el futuro de muchos niños aún antes de su inicio. Los menores desnutridos son más propensos a tener un mal desempeño escolar  y abandonar la escuela que sus compañeros mejor alimentados, lo que limita sus ingresos en su vida adulta. Los datos de Guatemala muestran que los niños que tenían una buena nutrición antes de los 3 años están ganando casi un 50% más como adultos, y las niñas tuvieron una mayor probabilidad de tener una fuente independiente de ingresos y menos probabilidades de vivir en hogares pobres.

La malnutrición no solo afecta negativamente el futuro de los individuos, sino también de las naciones. Estimaciones recientes sugieren que hasta un 11% del producto nacional bruto (PNB) de África y Asia se pierde cada año por los efectos de la falta de una buena alimentación. Para acabar con la pobreza extrema y promover la prosperidad compartida, el mundo debe comprometerse a poner fin al retraso del crecimiento infantil provocado por la nutrición inadecuada. Me reuniré con líderes de todo el mundo en Londres esta semana para abordar este crucial desafío.

¿Qué se necesita para terminar con el retraso del crecimiento infantil? (i) La buena noticia es que ya tenemos muchas respuestas. Sabemos que no se trata solo de conseguir más alimentos, sino de garantizar que las madres y los niños pequeños consuman los alimentos con las vitaminas y minerales convenientes en el momento oportuno durante el periodo crítico del crecimiento entre el embarazo y los 2 años. (i)   La última evidencia publicada en The Lancet también indica con mayor certeza que las raíces de la malnutrición infantil incluso pueden remontarse a la salud y el bienestar nutricional de las adolescentes antes del embarazo.

Estimamos que el precio anual de proporcionar un conjunto de 13 intervenciones directas de alta rentabilidad para prevenir y tratar la desnutrición es de cerca de US$12.000 millones anuales, con una brecha de unos US$10.300 millones que se tiene que cubrir con fuentes que no sean los hogares afectados.

En el Grupo del Banco Mundial, proyectamos casi triplicar nuestro respaldo a los programas de nutrición materna y en la primera infancia en los países en desarrollo, de US$230 millones en 2011-12 a US$600 millones en 2013-14. Alrededor del 90% de este nuevo financiamiento (US$540 millones) provendrá de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), el fondo del Banco para los países más pobres. Entre 2002 y 2012, la AIF ayudó al menos a 52 millones de madres y niños pequeños en situación de vulnerabilidad a recibir servicios nutricionales (i) que les salvaron y transformaron sus vidas.

Terminar con el retraso del crecimiento infantil es un desafío multisectorial. Las inversiones en agua y saneamiento pueden también ayudar a mejorar los resultados nutricionales. Hoy en día, cerca de 1.100 millones de personas no tienen acceso a agua potable segura, y aproximadamente 2.600 millones –o la mitad del mundo en desarrollo– carecen de una letrina sencilla pero adecuada. Las redes de protección social y las transferencias de efectivo condicionadas a hábitos nutricionales saludables también han mejorado los resultados en esta área en México, y tienen el potencial de hacerlo en África y Asia.

La seguridad alimentaria y nutricional deben ir de la mano. Se prevé que los precios mundiales de los alimentos seguirán siendo inestables por lo menos hasta 2015. En los países más pobres, donde las personas gastan hasta dos tercios de su ingreso diario en alimentos, el aumento de los precios amenaza aún más la nutrición de los más vulnerables, especialmente las mujeres y los niños pequeños. El 60% de quienes pasan hambre en el mundo son mujeres, y en vista del alza de los precios de los alimentos, las familias los sustituyen por alimentos de menor calidad, y al mismo tiempo reducen la ingesta en general. Ante la persistente volatilidad de los precios de los alimentos en todo el mundo, el Grupo del Banco revisará las actividades en el sector de la agricultura con miras a mejorar los resultados en materia de nutrición. Ya se han observado excelentes progresos a través del Programa Mundial para la Agricultura y la Seguridad Alimentaria (GAFSP, por sus siglas en inglés), en el cual más de la mitad de todos los proyectos abordan explícitamente el problema de la desnutrición.

El empoderamiento de las mujeres también es clave porque otorga a estas un mayor control sobre los ingresos y la toma de decisiones en el hogar. Según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), si las mujeres tuvieran igualdad de acceso a toda la gama de servicios agrícolas, incluidos la tierra, la tecnología, los servicios financieros, y los mercados, la cifra de personas que padecen hambre en el mundo se reduciría entre 100 a 150 millones. Las políticas empresariales y gubernamentales que tienen en cuenta las cuestiones de género también pueden marcar una gran diferencia en una mejor nutrición, por ejemplo, la licencia de maternidad y la atención infantil que permiten la continuación de la lactancia cuando las madres vuelven al trabajo.

Sabemos qué se necesita, y dónde sigue habiendo desigualdades. Terminar con la malnutrición infantil y el retraso del crecimiento es un problema de equidad y eficacia del desarrollo. Podemos, y debemos, poner fin al flagelo del retraso del crecimiento y asegurar que todos los niños –y cada país– puedan alcanzar todo su potencial.

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