El empleo que surge en los bosques de la República Dominicana

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El empleo que surge en los bosques de la República Dominicana En las áreas rurales de la República Dominicana como el Monumento Natural Saltos de Jima, en Bonao, la naturaleza es fuente de empleo local para guías turísticos, guardaparques y productores agrícolas. Foto: Valerie Caamaño.

Cuando pensamos en empleo, solemos imaginar fábricas, oficinas o grandes ciudades. Pero en República Dominicana, y en gran parte de América Latina y el Caribe, existen otros trabajos que sostienen comunidades enteras: los que ocurren en las sierras y en las costas, en los cafetales de altura o en los senderos de las áreas protegidas.

Son trabajos que cumplen una función esencial: cuidan el agua que bebemos, protegen los bosques que nos rodean y mantienen vivo el capital natural del que depende el desarrollo.

En un país que reconoce el valor de la naturaleza y protege más del 25 % de su territorio terrestre y el 10 % de su área marítima —con cordilleras cubiertas de bosque nublado y cuencas hidrográficas que abastecen a millones de personas— conservar la naturaleza no es solo una cuestión ambiental. Es también una decisión económica que genera empleo y oportunidades.

Guardaparques, técnicos forestales, guías de ecoturismo, mujeres liderando viveros comunitarios, jóvenes capacitados como intérpretes de la naturaleza: ese es el rostro cotidiano del trabajo ambiental. Es conocimiento local, orgullo y compromiso con el territorio.

La conservación del bosque y la creación de empleos pueden ir de la mano

Las áreas protegidas de República Dominicana reciben 2,4 millones de visitantes al año. Cada visitante impulsa una cadena de valor local: guías, hospedaje, alimentación, artesanías y transporte.

El ecoturismo no es un nicho marginal. Bien gestionado, puede arraigar comunidades a su territorio y crear trabajo digno donde antes solo había migración. También puede generar una alternativa al turismo tradicional de sol y playa que prevalece en el país.

Recientemente conocimos a Andrés Santos, presidente de la Asociación de Guías Turísticos del Monumento Natural Saltos de Jima, en Bonao. Como muchos jóvenes de su comunidad, podría haberse ido a buscar oportunidades a la ciudad. En cambio, gracias a capacitaciones y a su trabajo como guía, encontró razones para quedarse.

También nos inspiró la historia de Ana de Jesús de Mena, quien llegó a esta área protegida buscando salir adelante. Con el tiempo se convirtió en administradora del lugar y pudo dar educación a sus hijas, hoy todas profesionales.

El vínculo entre conservación y empleo no es retórico. El Acuerdo de Pago por Reducción de Emisiones con la República Dominicana (ERPA) que apoyamos desde el Banco Mundial a través del Fondo Cooperativo para el Carbono de los Bosques (FCPF), destina el 30% de sus recursos a fortalecer el manejo de áreas protegidas y el ecoturismo en estas áreas.

El mecanismo es concreto: el país recibe un pago por los resultados logrados en materia de protección y conservación de sus bosques, medidos por la cantidad de emisiones de carbono que se evitan al reducir la deforestación. Esos recursos luego se traducen en capacitación, herramientas y nuevas oportunidades de trabajo para las comunidades que los protegen.

El café que cuida el territorio y abre oportunidades para las mujeres

Lo que vimos en Saltos de Jima se repite, con otras características, entre las familias cafetaleras del país.

Más de 50.000 familias dominicanas viven de la caficultura, y el café de altura sigue siendo una fuente importante de empleo rural. Además, su cultivo sostenible no solo mejora la productividad: también protege la cobertura boscosa, resguarda fuentes de agua y fortalece la resiliencia climática.

En San José de Ocoa, Yisleny del Jesús maneja el núcleo de caficultores local, del cual dependen unas 400 familias. Su apuesta es convertir el café en un negocio sostenible capaz de retener talento joven en la comunidad.

Pero el café dominicano tiene además otra dimensión valiosa: es un espacio donde muchas mujeres han liderado una transformación silenciosa.

Durante décadas, ellas participaron en toda la cadena productiva - cosechando, procesando y administrando - sin acceder plenamente a los ingresos que generaban.

Eso está cambiando. Programas como el ERPA podrán financiar herramientas clave que las comunidades han identificado como necesarias a lo largo del tiempo: capacitación técnica, sistemas de registro y trazabilidad, y acceso a mercados. Son inversiones que se convierten en más autonomía económica y más empleo para las mujeres rurales.

Una inversión que permanece en las comunidades

Los empleos vinculados a la naturaleza tienen una característica distintiva: cuando se hacen bien, sus beneficios permanecen.

Las capacidades instaladas no se pierden. El bosque que se protege sigue generando empleos, agua, turismo y cosechas.

Desde el Grupo Banco Mundial acompañamos esta visión a través de programas como AgriConnect, que impulsa oportunidades económicas sostenibles en zonas rurales, y Water Forward, que fortalece la gestión del agua como base de resiliencia y empleo local. Además, iniciativas como las que lideran estas mujeres forman parte de nuestro objetivo de proporcionar capital a 80 millones más de mujeres y empresas dirigidas por mujeres, fomentando el empoderamiento económico en respaldo a las familias y las comunidades.

Todas estas iniciativas parten de una convicción sencilla: lograr que el planeta sea más habitable mientras se genera empleo de calidad. Esto no solo es compatible, es indispensable.

Hoy más que nunca, vale ampliar la mirada: el trabajo que cuida la naturaleza no está al margen, es también parte del desarrollo de la República Dominicana.

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Carolina Rendón

Representante Residente del Banco Mundial en la República Dominicana

Katharina Siegmann

Especialista sénior en medio ambiente y cambio climático en el Banco Mundial

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