América Latina y el Caribe lleva casi dos décadas con el 55% de sus trabajadores en la informalidad. Sin embargo, la informalidad no es un bloque homogéneo. Agrupa a los asalariados informales, que suelen ser jóvenes con baja permanencia en sus empleos y más expuestos a distorsiones como salarios mínimos o altos costos de contratación, y a los trabajadores por cuenta propia, que tienden a ser mayores y permanecen en el sector durante años. Cada grupo responde a una lógica distinta.
Mientras los enfoques tradicionales suponen que estos trabajadores están excluidos de empleos formales, el informe Racionalizar la informalidad muestra que eso es solo parte de la historia. Los asalariados informales sí muestran señales de exclusión, pero el grueso del sector, el autoempleo, responde a otra lógica: la de una elección racional. Lo explicamos en tres historias de datos.
"Ser el dueño de su propio puesto de arepas puede ser preferible a la agotadora rutina de lavar platos como trabajador asalariado en un restaurante formal."
Descargar Racionalizar la informalidad: Protección social, calidad del empleo y crecimiento
Las tres historias de datos que siguen muestran (1) que algunos trabajadores informales valoran la flexibilidad y la autonomía; (2) el verdadero costo de los beneficios formales; y (3) cómo el crecimiento puede generar la demanda de más empleo formal.
1. El valor de ser tu propio jefe
Para millones de trabajadores en la región, el cálculo que inclina la balanza por el autoempleo informal incluye algo que no aparece en ningún recibo de sueldo: el control sobre su propio tiempo y la libertad de ser su propio jefe.
Esto se puede ver en los datos. Un nuevo análisis realizado para este reporte en siete países de la región (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México y Perú) pidió a trabajadores elegir entre empleos hipotéticos que variaban en salario, horarios y grado de independencia. Sus respuestas revelan que los trabajadores por cuenta propia valoran la flexibilidad, la independencia y las demás ventajas del autoempleo y estarian dispuestos a resignar hasta la mitad de sus ingresos para obtener un trabajo con estas características.
2. Un impuesto escondido
Cuánto vale realmente la promesa de la formalidad? Un buen empleo es más que un ingreso: es dignidad, propósito y el camino más seguro para salir de la pobreza. La protección social que acompaña al empleo formal debería ser parte de ese paquete. Pero en América Latina esos beneficios pueden costar mucho más de lo que los trabajadores los valoran, en parte por falta de información y en parte porque no siempre les sirven.
Eliminar ese impuesto a la formalidad ayudaría a abaratar la contratación formal y mejorar el entorno de negocios. Pero las políticas que solo buscan formalizar trabajadores o simplificar el registro de empresas tienen impacto limitado. Avanzar exige invertir en habilidades y ayudar a crecer a las empresas productivas.
3. El desafío es crecer
El nivel de autoempleo no es una anomalia latinoamericana: es parte del proceso de desarrollo. Su peso en la fuerza laboral cae de manera sostenida a medida que las empresas formales más grandes se vuelven más productivas y ofrecen mejores empleos. El mayor obstáculo para el crecimiento y la creación de buenos empleos no es la existencia de microempresas informales: es el escaso dinamismo de esas empresas formales más grandes.
Lo que reduce la informalidad de manera sostenida es el crecimiento de esos emprendedores en sectores como la agroindustria, el turismo, la manufactura o la energía, y las condiciones que lo hacen posible: mejores habilidades en la fuerza laboral, un entorno regulatorio que permita a las mejores empresas alcanzar su potencial, y sistemas de protección social que los trabajadores genuinamente valoren.
Cuando eso ocurre, el resultado se mide en personas: más y mejores empleos, ingresos más estables y oportunidades reales en las comunidades donde la gente vive.
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