Se prevé que la pobreza en América Latina y el Caribe (ALC) caiga a su nivel más bajo registrado en 2025. Sin embargo, una de cada cuatro personas en la región sigue siendo pobre y la reducción ha sido lenta en un contexto de débil crecimiento económico. Se espera que la región de Asia Oriental y el Pacífico (AOP) alcance prácticamente la misma tasa de pobreza para 2025, pero partiendo de una base mucho más alta: 45,4 por ciento en 2016, frente al 32,8 por ciento de ALC.
¿La diferencia? El crecimiento económico. La región de Asia Oriental y el Pacífico tuvo un crecimiento anual promedio de 5,3 por ciento durante este período, mientras que ALC apenas logró un 1,6 por ciento, el desempeño más débil entre las regiones en desarrollo y muy por debajo del promedio global del 2,7 por ciento. La pobreza en Latinoamérica y el Caribe disminuyó con el tiempo, pero un mayor crecimiento económico podría haber acelerado aún más el progreso. El camino a seguir es claro: acelerar el crecimiento y crear empleos de calidad a escala son aspectos esenciales para sacar a más personas de la pobreza e incorporarlas a la clase media.
La edición de 2025 de la Actualización Regional de Pobreza y Desigualdad del Banco Mundial para América Latina y el Caribe muestra que, para 2025, la clase media —aquellos hogares que viven con más de 17 dólares diarios por persona— se convertirá en el grupo económico más grande de ALC, con el 42,8 por ciento de la población. No obstante, los pobres y quienes son vulnerables a caer en la pobreza seguirán representando el 57,2 por ciento restante.
El poder del trabajo: impulsando la reducción de la pobreza
Los datos de 2022 a 2024 son claros: el empleo y los mayores ingresos laborales generaron más de la mitad de toda la reducción de la pobreza en América Latina y el Caribe. Los países que lograron las disminuciones más sustanciales fueron aquellos donde las mejoras del mercado laboral lideraron el camino. Cuando el jefe de hogar pasa del desempleo al empleo, la probabilidad de que la familia escape de la pobreza aumenta en 26,5 puntos porcentuales. El mensaje es claro: el camino más seguro para salir de la pobreza pasa por el lugar de trabajo.
Si bien la reciente creación de empleo ha sacado a muchos de la pobreza, este progreso se asienta sobre cimientos frágiles. El problema central no radica en la cantidad de empleos, sino en su calidad. La productividad laboral se ha estancado durante una década, mientras que los salarios han crecido lentamente a pesar del aumento de los niveles educativos. Ocho de cada diez trabajadores pobres en América Latina y el Caribe permanecen atrapados en empleos informales, sin beneficios, seguridad ni oportunidades de ascenso.
El empleo saca a las personas de la pobreza, pero el trabajo de mala calidad las mantiene en la inseguridad económica. Muchos trabajadores pasan de un trabajo poco satisfactorio a otro, logrando emplearse pero sin alcanzar prosperidad. Cuando los trabajadores ascienden en la escala ocupacional hacia roles de mayor cualificación, sus posibilidades de escapar de la pobreza aumentan significativamente. Sin embargo, barreras estructurales impiden que la mayoría de los trabajadores avancen: sistemas educativos inadecuados que no responden a las necesidades del mercado laboral, regulaciones rígidas que desincentivan la contratación y mercados de capital débiles que privan a las empresas productivas de inversión.
Estas barreras crean una trampa de pobreza. En América Latina, la persistencia de la pobreza es alarmante: más de la mitad de los hogares pobres permanecen en situación de pobreza año tras año, con tasas de persistencia que alcanzan el 76 por ciento en Brasil y el 74 por ciento en Perú. La informalidad perpetúa este ciclo. Entre 2016 y 2024, el empleo informal —medido por la proporción de trabajadores sin cotizaciones a pensiones— aumentó o se mantuvo estable en todos los grupos socioeconómicos. Esta situación atrapa a los trabajadores en empleos de menor productividad que ofrecen beneficios limitados y protección social débil, reforzando el ciclo de pobreza y trabajo precario.
El Banco Mundial tiene como objetivo romper este ciclo convirtiendo la creación de empleo en una meta explícita. El objetivo es impulsar sectores privados activos que generen oportunidades en las comunidades locales.
En Latinoamérica y el Caribe, se identifican tres prioridades:
- Primero, desbloquear la inversión en sectores estratégicos en los que la región tiene ventajas competitivas: agroindustria, turismo y energías renovables. Estos sectores pueden generar empleos de calidad, incluso para trabajadores menos cualificados, pero requieren infraestructura, marcos regulatorios estables y acceso al financiamiento de los que muchos países carecen.
- Segundo, forjar vínculos más sólidos entre los sistemas educativos y los mercados laborales. El aumento de la matrícula escolar significa poco si los graduados no pueden encontrar trabajo productivo; el desarrollo de habilidades debe alinearse con las necesidades de los empleadores.
- Tercero, reducir las fricciones que atrapan a los trabajadores en empleos de baja productividad: regulaciones laborales rígidas, crédito limitado para las pequeñas empresas y marcos de competencia débiles que protegen a los actores establecidos.
El progreso reciente de ALC confirma que la creación de empleo es esencial para reducir la pobreza. Sin embargo, sostener este progreso y construir una clase media próspera requiere una mayor productividad y mejores empleos.
El papel del Banco Mundial es ayudar a hacer posible esa transición, combinando recursos financieros con experiencia técnica y poder de convocatoria para derribar las barreras que frenan a la región. La alternativa es un progreso socioeconómico lento y la región no puede permitírselo.
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