En la lucha contra la COVID-19 (coronavirus), el transporte público debería ser el héroe, no el villano

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Foto: Frankie Cordoba/Unsplash
Foto: Frankie Cordoba/Unsplash

El sector de transporte jugará un papel esencial en la tarea de reactivar las economías y frenar la propagación de la COVID-19.  Como expliqué en la primera parte de esta serie de blogs, la manera más fácil de garantizar la continuidad de las actividades y el control de la pandemia es alentar el teletrabajo. Sin embargo, no todas las personas pueden trabajar desde el hogar. Muchas deben salir de sus casas para generar ingresos. Además, el suministro de bienes y servicios sigue dependiendo de que los trabajadores accedan a sus respectivos lugares de trabajo.

Muchos de quienes deben desplazarse a sus lugares de trabajo utilizan los sistemas de transporte público, que están dotados de una capacidad única para movilizar grandes volúmenes de pasajeros a través de zonas urbanas congestionadas. Incluso durante una pandemia, el transporte público sigue siendo el eje de la movilidad sostenible y un elemento esencial de la recuperación económica. 

Con las medidas adecuadas, se pueden evitar los contagios

Primero, las buenas noticias: hay cada vez más evidencias de que los usuarios del transporte público no enfrentan mayor riesgo de contagio que otras personas. Si bien en Hong Kong el transporte masivo ocupa un lugar importante, se han registrado apenas 1100 casos de COVID-19 (i). En Japón también se utiliza en gran medida el transporte público; aun así, los investigadores “no detectaron ningún foco de contagio asociado a la gran cantidad de personas que van a trabajar en tren… Normalmente, los pasajeros viajan solos y no hablan con otros pasajeros. Además, últimamente todos usan mascarillas” (i). Un estudio reciente llevado a cabo en Francia mostró que ninguno de los 150 focos de contagio que se detectaron tras la reapertura de la economía tiene su origen en el transporte público (en francés). Varios autores (i) desacreditaron de manera rápida y convincente los intentos por culpar al subterráneo de la ciudad de Nueva York por la propagación del virus (PDF, en inglés). Por ejemplo, Manhattan tenía la mayor densidad de líneas de subterráneos, pero la menor incidencia de casos de COVID-19 (i). Por el contrario, las áreas con una mayor circulación de automóviles registraban tasas de contagio más elevadas, lo que llevó a algunos investigadores a concluir que los automóviles fueron los que “sembraron” la epidemia (i).

Los promisorios datos sobre la relación entre el transporte público y la COVID-19 no son una coincidencia. Desde el comienzo de la pandemia, la mayoría de los operadores del transporte público se han puesto rápidamente a la altura de las circunstancias y han aplicado medidas concretas para que los sistemas de tránsito ofrezcan seguridad contra la COVID-19 (i) al personal y a los pasajeros. Para contribuir a la salud pública, la recuperación económica y la sostenibilidad ambiental, debemos mantener el impulso logrado hasta el momento para que el transporte público siga siendo una opción atractiva. Mientras el virus esté entre nosotros, los proveedores de servicios de transporte deberán adaptar sus operaciones para minimizar la superposición de las "tres c": los espacios cerrados, los espacios concurridos y las situaciones en que se produzca un contacto estrecho.

Muchos sistemas de transporte han adoptado protocolos de limpieza más estrictos con químicos antivirales o sencillamente con agua y jabón: el virus “no puede competir con el simple jabón” (i).

Sin embargo, se considera que el contacto con una superficie como una manija o un tirador no constituye la principal vía de propagación del virus. Es indispensable contar con una ventilación adecuada (i). Las empresas de transporte deben instruir a sus conductores para que abran las ventanas de forma sistemática o mantengan el aire acondicionado encendido. Sin embargo, el aire acondicionado no debe estar en modo recirculación, dado que para prevenir el contagio es necesario que circule aire nuevo en el vehículo.

Dado que el contacto personal es la principal vía de transmisión, los usuarios de transporte público deben hacer lo suyo. No deben tocarse la cara (i), deben usar mascarillas (i) —una de las formas más eficaces de evitar la transmisión (i)— y deben lavarse las manos con agua y jabón (PDF, en inglés) antes y después de viajar en transporte público. Cabe recordar que este consejo se aplica a todas las personas, y no solo a quienes utilizan transporte público. En verdad, los conductores de automóviles también tienen que lavarse las manos antes y después de utilizar sus vehículos. Las personas hacen cosas desagradables en sus autos (i), y se sospecha que estos propagan el virus (i) a mayor velocidad que el transporte público. Lo mismo sucede con los ciclistas, que pueden estornudar o toser mientras circulan en sus bicicletas. Ya sea que viaje en bicicleta, autobús, tren o automóvil, ¡no olvide lavarse siempre las manos antes y después de cada viaje!

El distanciamiento físico adecuado entre los pasajeros es otro requisito clave. La Organización Mundial de la Salud recomienda que las personas mantengan una distancia de al menos 1 metro (3,3 pies) entre sí para minimizar el riesgo de transmisión. Las mascarillas podrían ayudar a reducir esta distancia (i) y resultan eficaces para prevenir la propagación de los gérmenes en el transporte público (i). Aun así, es necesario reducir las tasas de ocupación y evitar las aglomeraciones en los vehículos de transporte. En principio, el transporte público y particularmente los medios de transporte masivo no pueden operar a tasas de ocupación elevadas debido a las regulaciones destinadas a reducir el riesgo de contagio. Varios países han impuesto límites temporarios a la capacidad de transporte: Colombia (i), por ejemplo, anunció que ahora el transporte público solo puede operar al 35 % de su capacidad, mientras que en el Reino Unido se estableció un límite aún menor de apenas el 10 % (i). Los Gobiernos podrán aumentar los topes a medida que la epidemia evolucione (i) y los científicos (i) adquieran conocimientos sobre los parámetros epidemiológicos (i) clave.

Fuente: Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón. Diagrama del autor.
Fuente: Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar de Japón. Diagrama del autor.

Adaptar la infraestructura y los recursos

Para reducir la densidad de pasajeros en los vehículos de transporte público, las ciudades deben mantener la frecuencia de los servicios, lo que requiere condiciones de tránsito y velocidad predecibles. Es fácil decirlo, pero resulta difícil de implementar, sobre todo en los países en desarrollo, donde las personas tienen menos autos, pero, paradójicamente, tienden a sufrir mayores niveles de congestión (i). La solución son los carriles exclusivos o prioritarios para autobuses, implementados, desde luego, con las debidas consideraciones de seguridad vial (PDF, en inglés). Por ejemplo, la Autoridad de Transporte Metropolitano de Nueva York solicitó que se sumen 97 kilómetros más de carriles exclusivos para autobuses (i) en respuesta a la pandemia.

Sin embargo, pese a los esfuerzos realizados por los profesionales de todo el sector, es innegable que la crisis generada por la COVID-19 ha asestado un fuerte golpe al transporte público.  La demanda se desplomó (PDF, en inglés) casi de la noche a la mañana, lo que generó considerables dificultades financieras para los operadores de transporte público formales e informales. La cuestión es complicada. Lo más importante es que, si los Gobiernos ofrecen subsidios, deben establecer incentivos adecuados para evitar la reducción de los servicios y lograr que los operadores se comprometan a realizar mejoras a largo plazo (PDF, en inglés).

Después de la epidemia: repensar el futuro del transporte público

La situación actual podría tener un profundo impacto en la forma en que las ciudades abordan sus políticas de transporte (i), incluso una vez que disminuyan los contagios. Es posible que las medidas descritas en este artículo se hayan tomado apresuradamente frente a la emergencia de salud pública mundial. No obstante, dichas medidas ponen en tela de juicio numerosas suposiciones profundamente arraigadas acerca del transporte urbano (i). Pensemos en el espacio al que supuestamente tienen derecho los autos privados (i) en comparación con el que se asigna al transporte público. Algo tan sencillo como un carril exclusivo para los autobuses nos permite imaginarnos cómo sería una ciudad con un sistema de tránsito equilibrado: un lugar más ecológico y más inclusivo donde las calles fueran de todos (i), y donde las personas de todos los niveles de ingreso pudieran desplazarse de forma rápida y eficiente.

No se pierdan la tercera y última parte de esta serie de blogs: analizaré cómo la COVID-19 nos está llevando a reconsiderar el papel que juegan los traslados a pie y en bicicleta, otras dos formas indispensables de transporte sostenible. ¡Hasta entonces!

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Parte 3: ¿La COVID-19 (coronavirus) puede dar paso a ciudades más orientadas a los peatones y los ciclistas?

Autores

Arturo Ardila

Economista principal de Transporte y líder de movilidad urbana del Banco Mundial

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