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Desarrollo contra toda adversidad

Desarrollo contra toda adversidad Foto: IFC

En todo el mundo, el avance del desarrollo se ha desacelerado. Sin embargo, algunos países han encontrado formas de lograr avances notables.

Consideremos los ejemplos de Rwanda, la República Kirguisa, Camboya y Etiopía. Cada uno demuestra que los avances en el desarrollo siguen siendo posibles cuando los gobiernos se centran en reformas prácticas, invierten en infraestructura y crean instituciones capaces de producir resultados. Sus experiencias recuerdan que, aunque el panorama mundial es preocupante, el estancamiento está lejos de ser inevitable.

En términos más generales, el panorama es desalentador. Durante la mayor parte de los últimos 75 años, la trayectoria del desarrollo fue ascendente: la pobreza disminuyó, la esperanza de vida aumentó, más niños asistieron a la escuela y el acceso a servicios esenciales se amplió. Hoy, ese impulso se ha debilitado marcadamente. El Atlas del Desarrollo Global más reciente del Grupo Banco Mundial muestra que, en promedio, los países están avanzando al ritmo más lento desde 1950.

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Esta desaceleración es visible en muchos de los indicadores que más importan para el bienestar humano: la reducción de la pobreza, la salud, la escolarización, la infraestructura y los ingresos. Si las tendencias actuales persisten, más de 50 economías en desarrollo podrían tardar un siglo o más solo en alcanzar los niveles de desarrollo observados en las economías de ingreso alto. Esto debería preocuparnos a todos, porque un desarrollo más lento significa que cientos de millones de personas tendrán que esperar décadas más por los beneficios que trae la prosperidad: mejores empleos, mejores escuelas, mejor atención de salud y niveles de vida más altos. 

Es tentador atribuir la desaceleración por completo a perturbaciones recientes, como las secuelas de la pandemia, los desastres climáticos, el sobreendeudamiento y los conflictos. Esas presiones son reales. Pero la inquietante verdad es que la desaceleración comenzó antes de la pandemia. No se trata simplemente de una historia de crisis. También es una historia de crecimiento débil de la productividad, inversión insuficiente, instituciones frágiles y marcos de políticas que con demasiada frecuencia han privilegiado la gestión de crisis a corto plazo en lugar de la transformación a largo plazo. 

Esta es precisamente la razón por la cual el Grupo Banco Mundial está creando el Banco del Conocimiento. Nuestra función no consiste únicamente en financiar el desarrollo, sino también en acortar la distancia entre la evidencia y la implementación, ayudar a los países a identificar enfoques comprobados, adaptarlos a las circunstancias locales y ampliarlos más rápidamente. 

Qué tienen en común los países exitosos 

Consideremos el caso de Rwanda. Tras el genocidio de 1994, pocos habrían previsto la magnitud de la recuperación del país. Sin embargo, Rwanda redujo la pobreza extrema de alrededor del 90% a menos del 40% y, si mantiene este ritmo, podría reducirla a menos del 10% para 2050. Ese logro no ocurrió por casualidad. Rwanda combinó un crecimiento económico sostenido con un Estado capaz, inversión pública a gran escala y un cambio estructural de la mano de obra hacia actividades de mayor productividad, especialmente en servicios como el comercio, el turismo, el transporte y las conferencias. La experiencia de Rwanda nos recuerda que el crecimiento por sí solo no es suficiente. El progreso duradero depende de instituciones capaces de implementar reformas de manera coherente a lo largo del tiempo.

 

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La infraestructura digital se está volviendo tan fundamental para el desarrollo como las carreteras o la electricidad. Camboya y la República Kirguisa demuestran que hay más de un camino para lograrlo. En la República Kirguisa, el acceso a internet aumentó de aproximadamente el 30% en 2015 a más del 90% en 2024. Camboya registró un aumento aún más notable, de apenas el 7% a alrededor del 70%. Sus estrategias fueron diferentes, pero ambas resultaron eficaces. La República Kirguisa amplió la infraestructura física, tendiendo cables de fibra óptica en zonas desatendidas y fortaleciendo las conexiones transfronterizas. Camboya se basó más en un modelo impulsado por el mercado, en el que la rápida adopción de teléfonos móviles y la sólida inversión privada le permitieron superar los sistemas tradicionales de líneas fijas y pasar directamente a la banda ancha móvil. En ambos casos, la conectividad se amplió porque las políticas y la inversión se alinearon en torno a un objetivo nacional claro: incorporar a las personas a la economía digital rápidamente y a gran escala. 

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Etiopía avanzó ampliando el acceso a la energía. En 2012, la red eléctrica nacional llegaba solo a una pequeña proporción de las comunidades rurales. Sin embargo, durante la última década, el acceso a la electricidad se amplió rápidamente y casi la mitad de la población rural tiene acceso ahora. Es importante destacar que Etiopía no se basó en un único modelo. Extendió la red nacional donde era viable, al tiempo que instaló sistemas solares domésticos y minirredes en zonas remotas. Alrededor de tres cuartas partes de los hogares rurales que obtuvieron acceso lo hicieron mediante energía solar. Etiopía demuestra que el progreso surge de elegir soluciones prácticas que se ajusten a las realidades locales, en lugar de esperar un único modelo perfecto.

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Lecciones para la política de desarrollo 

Estos ejemplos muestran que el conocimiento sobre el desarrollo se construye a partir de reformas que se han probado, adaptado y demostrado que funcionan. 

El desafío consiste en garantizar que esas lecciones lleguen más lejos. 

Cuando un país encuentra una mejor forma de ampliar el acceso a la electricidad, fortalecer la infraestructura digital o mejorar los servicios públicos, otros deberían poder aprovechar esa experiencia en lugar de empezar desde cero. 

Estas historias también refutan la idea de que el progreso en el desarrollo es imposible hoy. Muestran que el progreso ocurre cuando los países se centran en los aspectos básicos: infraestructura confiable, apertura a la innovación, instituciones capaces de implementar y políticas que ayuden a la mano de obra y al capital a desplazarse hacia usos más productivos. También muestran que no existe una fórmula única. Los avances de Rwanda se lograron mediante un crecimiento de base amplia y un cambio estructural; la República Kirguisa y Camboya avanzaron a través de la conectividad digital; Etiopía progresó mediante soluciones energéticas pragmáticas adaptadas a las realidades rurales. Los diferentes puntos de partida requieren estrategias diferentes, pero todos subrayan la importancia de la implementación. 

Para los responsables de formular políticas, el mensaje es claro. El mundo no puede permitirse aceptar un futuro en el que los países necesiten 100 o 150 años para cerrar siquiera una parte de la brecha de desarrollo con las economías avanzadas. Esto significa priorizar las inversiones que aumentan la productividad, ampliar el acceso a la energía y a la infraestructura digital, fortalecer la capacidad del Estado y crear condiciones creíbles para la inversión privada y la creación de empleo. 

Necesitamos grandes apuestas que produzcan avances visibles. La Misión 300, cuyo objetivo es conectar a 300 millones de personas en África subsahariana a la electricidad para 2030, es un modelo de la escala necesaria. Combinadas con conectividad digital, mejores servicios públicos e instituciones más sólidas, estas inversiones pueden acelerar el progreso de manera significativa. 

En todo el mundo, los países están demostrando que el progreso sigue siendo posible. Nuestra responsabilidad es garantizar que esas lecciones no permanezcan como éxitos aislados. A través del Banco del Conocimiento, tenemos la oportunidad de conectar a los países con soluciones comprobadas para que el desarrollo genere más oportunidades. 

Al final, el conocimiento importa más cuando mejora vidas. 

 


Paschal Donohoe

Director gerente y oficial principal de Conocimientos del Grupo Banco Mundial.

Indermit Gill

Economista en jefe del Grupo Banco Mundial y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo

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