Publicado en Voces

En su rol de productoras agrícolas, trabajadoras y consumidoras, las mujeres pagan aranceles más altos

En su rol de productoras agrícolas, trabajadoras y consumidoras, las mujeres pagan aranceles más altos Trabajadora agrícola en Zambia. © Chris Morgan/Grupo Banco Mundial.

En los debates en torno a los aranceles agrícolas rara vez se consideran a la mujer que se ocupa de su granja al amanecer, a la madre soltera que estira su ajustado presupuesto en el mercado, o a la jornalera que depende de su salario agrícola para sobrevivir. Pero deberían ser tomadas en cuenta.

Cuando los mercados agrícolas son protegidos con derechos arancelarios, las mujeres en las economías en desarrollo son las que soportan una parte desproporcionada de la carga. Por otro lado, cuando se reducen esas barreras, ellas son las que pueden resultar más beneficiadas. Hoy podemos demostrarlo con claridad, gracias al conjunto de datos sobre los impactos del comercio en los hogares para las mujeres (en inglés).

Este conjunto de datos, el primero de su tipo, reúne información de encuestas a más de medio millón de hogares en 54 países de ingreso bajo y mediano bajo (en inglés), que representan a alrededor de 1.800 millones de personas. Los datos se desglosan por sexo, jefatura del hogar y composición demográfica femenina en 53 productos agrícolas. Combinados con un modelo ampliado de hogares agrícolas que incorpora el género en la medición del bienestar (en inglés) —y recopila los efectos de los precios en el consumo, la producción y los ingresos de los hogares—, estos datos ofrecen a investigadores y responsables de formular políticas una herramienta que el análisis agregado del comercio que no tiene en cuenta las cuestiones de género simplemente no puede proporcionar.

Los datos revelan información sorprendente. La liberalización unilateral de los aranceles agrícolas en las economías de ingreso bajo y mediano bajo generaría una mejora promedio en el bienestar de un aumento del 2,8% del ingreso real de los hogares, pero los beneficios no se distribuyen de forma equitativa. Los hogares encabezados por mujeres promedian un 3,2%, en comparación con el 2,8% de los encabezados por hombres. Y al analizar la proporción de mujeres dentro de los hogares, el patrón se acentúa: aquellos en que más del 70% de los miembros son mujeres obtienen beneficios notablemente mayores que aquellos en los que la presencia femenina es menor.

Tres funciones económicas, el mismo impacto

Veamos los tres roles económicos que las mujeres desempeñan simultáneamente, y cómo los aranceles las afectan negativamente (en inglés) en los tres frentes.

Como productoras. La protección arancelaria eleva los precios internos, lo que en principio beneficia a quienes venden en el mercado. Sin embargo, en los países en desarrollo, las mujeres tienen menos probabilidades que los hombres de ser propietarias de tierras, controlar las decisiones de producción o comercializar directamente su producción agrícola. Además, dependen en mayor medida de las remesas y las transferencias familiares, fuentes de ingresos que no se benefician de los aumentos de precios provocados por los aranceles. El resultado es que las mujeres obtienen una proporción menor de los ingresos que el proteccionismo genera en el lado de la producción.

Como trabajadoras. Las mujeres tienden a participar en los mercados laborales agrícolas de manera más precaria y reciben salarios más bajos que los hombres, y rara vez son trabajadoras asalariadas formales, incluso en los sectores agrícolas que son más protegidos por los aranceles. Cuando la protección aumenta los salarios en esos sectores resguardados, los trabajadores que ya están mejor posicionados en el mercado laboral se ven beneficiados de manera desproporcionada, lo que deja a las mujeres con un porcentaje menor de los beneficios.

Como consumidoras. Las mujeres soportan la mayor carga. Los hogares encabezados por mujeres destinan una proporción más alta de su presupuesto a alimentos y bienes agrícolas básicos que los hogares encabezados por hombres. Los elevados aranceles sobre los cultivos de primera necesidad mantienen artificialmente altos los precios de los productos cotidianos esenciales: cereales, aceites y legumbres. En su calidad de consumidoras netas que compran más de lo que producen, las mujeres pagan, en la práctica, un impuesto oculto más alto cada vez que proporcionan alimentos a sus familias. Se trata de un costo invisible en las estadísticas comerciales agregadas, pero muy real a la hora de sentarse a comer.

Un marco y un conjunto de datos que cubren un vacío

Para cada presupuesto y participación en los ingresos, el conjunto de datos incluye nueve variables desglosadas por género: los hogares encabezados por hombres y por mujeres, así como los hogares agrupados según la población de mujeres en áreas geográficas específicas. El marco hace un seguimiento de las mejoras en el bienestar a lo largo de toda la distribución del ingreso, y muestra que, en promedio, los hogares encabezados por mujeres obtienen mayores beneficios que los encabezados por hombres en todos los percentiles de ingresos.

Este tipo de datos del comercio desglosados por sexo ha estado históricamente ausente de los debates de políticas: el nuevo conjunto de datos sobre los impactos del comercio en los hogares para las mujeres (en inglés) llena ese vacío, proporcionando a los responsables de formular políticas las herramientas para preguntarse no solo si la reforma comercial funciona, sino a quién beneficia.

¿Replantear la política sobre comercio agrícola?

Los aranceles agrícolas no son un instrumento neutral, ya que determinan quién gana y quién pierde. Con demasiada frecuencia, las mujeres de los países en desarrollo son las que menos se benefician en los tres frentes: como productoras, como trabajadoras y como consumidoras.

Los resultados distributivos son intrínsecamente complejos y operan a través de múltiples canales con impactos que pueden contrarrestarse, lo que pone de relieve la necesidad de políticas de apoyo, redes de protección social e inversiones complementarias. Sin embargo, los datos empíricos cuestionan rotundamente la hipótesis de que la protección agrícola beneficia a los más vulnerables.

En realidad, son los más vulnerables —y de manera desproporcionada las mujeres— quienes pagan el precio del proteccionismo agrícola. Reconocer a las mujeres en su triple función no es solo una buena política de género, es una estrategia económica acertada.


Guido Porto

Associate Professor of Economics at the University of La Plata in Argentina

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