En los últimos 15 años, pese a que los ingresos han aumentado y la pobreza ha disminuido, casi dos tercios de los países de ingreso bajo y mediano han experimentado retrocesos en las áreas de nutrición, aprendizaje o habilidades laborales.
En todos los países de ingreso bajo y mediano, las diferencias respecto de los resultados que deberían obtener en estas categorías son grandes, y el costo potencial es alarmante: se estima una pérdida de ingresos futuros del 51 %. Detrás de este número hay niños que crecen con menos oportunidades de prosperar, familias que tienen dificultades para asegurarse un futuro estable y comunidades en riesgo de perder los avances sociales que tanto costó conseguir.
Pero el futuro no está predeterminado. Los jóvenes son una de las mayores fuentes de esperanza para nuestro futuro, y en ningún otro continente esa oportunidad es tan grande como en África. Con las inversiones adecuadas —en aire y agua limpios, atención médica y educación—, estos jóvenes pueden crecer y prepararse para prosperar.
En todos los países y culturas, los padres comparten la misma aspiración: que sus hijos tengan una oportunidad justa, especialmente la oportunidad de conseguir empleo y construir un futuro seguro. Las observaciones contenidas en nuestro informe titulado Building Human Capital Where It Matters (i) (Desarrollar el capital humano donde más importa), publicado recientemente, y la herramienta de diagnóstico complementaria, el Índice de Capital Humano Ampliado (i), ponen de relieve que el progreso económico por sí solo ya no es suficiente para garantizar que las personas podrán alcanzar su pleno potencial. Si el crecimiento no va acompañado de una inversión sostenida en capital humano, demasiadas personas quedan rezagadas. Invertir en la infraestructura básica, tanto humana como física, es uno de los pilares clave para posibilitar la creación de empleo.
El capital humano —los conocimientos, las habilidades y la salud en los que las personas invierten y que acumulan a lo largo de sus vidas— es más que una simple teoría: tiene un rostro humano. Lo vi muy claramente hace dos semanas en Kertarahayu, una aldea rural en la isla de Sumatra, a solo dos horas de Yakarta. Vi padres que asistían a sesiones de capacitación para poder apoyar el aprendizaje de sus hijos en sus casas. Vi niños pequeños recibir atención preventiva en puestos de salud comunitarios. Y vi maestros, parteras y voluntarios del área de la salud que trabajaban codo a codo, enfocados en el mismo objetivo: dar a todos los niños un comienzo sólido.
Los resultados hablan por sí solos. Por ejemplo, en Indonesia el retraso del crecimiento ha disminuido del 37 % en 2013 a menos del 20 % en 2024, un logro extraordinario que coloca al país entre los líderes mundiales en la lucha contra este complejo problema. Este avance no se produjo mágicamente. Es el resultado de más de una década de inversiones sostenidas en nutrición y desarrollo en la primera infancia, guiadas por evidencias y por una clara comprensión de las medidas que dan buenos resultados.
Esas evidencias sirvieron además de base para elaborar un enfoque de convergencia que abarca a todo el Gobierno e integra la salud, la nutrición, el saneamiento, la educación en la primera infancia y la protección social a nivel comunitario. La experiencia de Indonesia en la lucha contra el retraso del crecimiento y en la inversión en las personas ofrece enseñanzas que pueden aplicarse mucho más allá de sus fronteras.
El capital humano se nutre no solo en las aulas y los centros médicos, sino también en los hogares, los vecindarios y los lugares de trabajo, como descubrimos en nuestra investigación. Si realmente pretendemos abordar los desafíos persistentes —la malnutrición, los malos resultados del aprendizaje y la escasez de habilidades—, debemos ampliar nuestra forma de pensar sobre los ámbitos en los que las políticas pueden marcar una diferencia.
Los hogares son importantes porque las brechas en las habilidades y el desarrollo emergen tempranamente, a menudo antes de los 5 años y mucho antes de que la mayoría de los niños de los países de ingreso bajo y mediano empiecen la escuela. Estos déficits tempranos tienden a persistir durante la adolescencia y la edad adulta. Si bien la atención que se presta en las políticas al entorno del hogar a menudo se limita a prevenir la negligencia o el abuso, las evidencias muestran que los programas sobre crianza y los establecimientos de educación preescolar de calidad pueden ayudar a los cuidadores a brindar el apoyo cognitivo y socioemocional que los niños necesitan para desarrollarse. El desafío no reside en ver si estos enfoques funcionan, sino en cómo ampliarlos para que lleguen a todos los niños que los necesitan.
Los vecindarios también desempeñan un papel importante, pues moldean las oportunidades más allá del acceso a las escuelas y los centros de salud. En Brasil, un niño de una familia de ingreso bajo que crece en un vecindario de ingreso bajo ganará solo la mitad que uno de una familia similar en un vecindario de ingreso alto. La exposición a la contaminación, el delito o la infraestructura deficiente afecta directamente la salud y el aprendizaje, limitando las oportunidades de vida que se ampliarían si esos niños crecieran junto a otros de ingresos más altos. Por eso es importante la coordinación. Cuando los ministerios de Educación, Medio Ambiente y Seguridad Pública se alinean en torno a objetivos compartidos, pueden diseñar soluciones integradas que mejoren tanto los resultados sociales como los económicos.
Y el aprendizaje no termina con la escuela. Aproximadamente la mitad de todo el capital humano se acumula en el lugar de trabajo. Sin embargo, en muchos países de ingreso bajo y mediano, el empleo ofrece pocas oportunidades de capacitación y aprendizaje. Casi el 70 % de los trabajadores se dedica a la agricultura, a trabajos independientes de baja calidad o a microempresas. Los trabajadores autónomos obtienen solo la mitad de los aumentos salariales derivados de la experiencia que reciben los asalariados. En este sentido, las decisiones en materia de políticas son importantes.
Una vez que los jóvenes llegan a la edad adulta, también debemos invertir en sus esperanzas y su optimismo, asegurándonos de que tengan un camino hacia un futuro productivo, ya sea a través del empleo o los emprendimientos. Las regulaciones y los incentivos bien diseñados que respaldan el crecimiento de las empresas, amplían los programas de formación de aprendices e invierten en el cuidado de los niños ayudarán a crear empleos, en particular para los jóvenes y las mujeres. El sector privado es un asociado esencial en este esfuerzo.
Ningún país ha logrado jamás un crecimiento sostenido ni una reducción significativa de la pobreza sin haber invertido primero en sus habitantes. En África en particular, donde la generación de jóvenes más numerosa del mundo pronto alcanzará la edad laboral, hay mucho en juego, y los posibles beneficios no podrían ser mayores. Con las oportunidades adecuadas, este auge demográfico puede convertirse en un dividendo demográfico.
Para superar el estancamiento que vemos hoy, debemos ampliar nuestra perspectiva sobre el capital humano y brindar apoyo para una mejor salud, un aprendizaje más sólido y habilidades relevantes dondequiera que se formen. Esto puede abrir la puerta a una gran cantidad de oportunidades y prosperidad duradera para las familias, las comunidades y las economías de todo el mundo.
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