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Poner a los países endeudados en una senda sostenible

Poner a los países endeudados en una senda sostenible Fotografía: Andrii Yalanskyi/Shutterstock.

Se está produciendo una paradoja en las economías en desarrollo. Lo positivo es que la inflación finalmente está disminuyendo. Las agobiantes tasas de interés de los últimos cinco años están comenzando a ceder, lo que sugiere que la pesada carga del servicio de la deuda que muchos países han enfrentado podría empezar a reducirse. Por el precio justo, los inversionistas extranjeros en los mercados de bonos están de nuevo dispuestos a proporcionar financiamiento, lo que permite a muchos países evitar la cesación de pagos. 

Sin embargo, para la mayoría de los países, esto es un consuelo pequeño, que no basta para superar los graves retrocesos de esta década. Los últimos datos del Banco Mundial indican (i) que las conmociones de principios de la década de 2020 provocaron un torbellino financiero sin precedentes. Entre 2022 y 2024, alrededor de USD 741 000 millones adicionales salieron de las economías en desarrollo en concepto de reembolsos de deuda e intereses, más que los fondos que ingresaron en forma de nuevo financiamiento. Se trata del mayor flujo relacionado con la deuda en más de 50 años. Y el costo humano ha sido elevado. Entre los 22 países más endeudados, una de cada dos personas no puede pagar la dieta diaria mínima necesaria para tener una buena salud a largo plazo. 

Los encargados de la formulación de políticas deben aprovechar al máximo el margen de maniobra que existe hoy, porque podría desaparecer mañana sin previo aviso. Eso significa volver a poner la carga de la deuda de los países en desarrollo en una senda sostenible, ordenando las finanzas públicas y reduciendo los riesgos soberanos de manera tal que se estimule la inversión productiva. También implica modernizar los sistemas mundiales destinados a evitar el sobreendeudamiento haciendo sonar la alarma antes de que los países se desvíen del camino y ayudándolos a reestructurar sus deudas rápidamente después del inicio de una crisis. 

En 2024, la deuda externa total de los países de ingreso bajo y mediano alcanzó un nuevo récord de USD 8,9 billones. Este monto incluye los USD 1,2 billones —también una cantidad sin precedentes— adeudados por los 78 países más vulnerables que reúnen los requisitos para recibir donaciones y préstamos de bajo costo de la Asociación Internacional de Fomento (AIF) del Banco Mundial. Es un mal momento para estos números históricos, porque las tasas de interés promedio en los países en desarrollo no han sido tan altas desde justo antes de la crisis financiera de 2008-09. Estos países pagaron una cifra récord de USD 415 000 millones tan solo en intereses, dinero que de otro modo podría haber ayudado a reducir el creciente número de niños no escolarizados, mejorar la atención primaria de la salud y proporcionar electricidad a aldeas rurales. 

Avances lentos, se necesita más 

Ha habido avances, por supuesto, pero han sido modestos, y se necesita hacer mucho más. La carga de la deuda aumenta ahora más lentamente. El año pasado, los acreedores se mostraron indulgentes y acordaron reestructurar la deuda de los países en desarrollo por valor de USD 90 000 millones, la cifra más alta desde 2010. Ghana, Haití, Somalia y Sri Lanka, por ejemplo, lograron acuerdos que redujeron su deuda externa a largo plazo entre un 4 % y un 70 %. Gracias a la labor de la Mesa Redonda Mundial sobre la Deuda Soberana (i), encabezada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, Ghana completó una reestructuración con sus acreedores bilaterales oficiales en la mitad del tiempo que tardaron los procesos anteriores bajo el Marco Común para los Tratamientos de la Deuda del Grupo de los Veinte (i). 

Sin embargo, hoy no es tan fácil para los países en desarrollo mantenerse alejados de la agobiante trampa de la deuda como lo era hace una década. Sería insensato esperar que los efectos negativos de la próxima crisis de la deuda serán más moderados que los causados por la crisis más reciente. Esto se debe a que los mecanismos mundiales para gestionar las crisis no se han adaptado (i) a los nuevos tiempos. Se crearon en una época en que la mayor parte de la deuda externa de las economías en desarrollo había sido contraída con el Banco Mundial, el FMI y unas pocas economías de ingreso alto, que otorgaban préstamos a tasas inferiores a las del mercado. Pero hoy en día, los acreedores privados —principalmente los inversionistas en bonos— son titulares de casi el 60 % de la deuda pública y con garantía pública a largo plazo de las economías en desarrollo. La deuda con los acreedores del Club de París (i), supervisores de larga data del sistema mundial de reestructuración de la deuda, asciende ahora a solo alrededor del 7 %. 

Ese desequilibrio ayuda a explicar por qué las reestructuraciones de la década de 2020 han sido tan lentas. La autoridad para tomar decisiones ha pasado a estar fuera del alcance del Club de París y ahora está repartida entre millones de titulares de bonos y en un caleidoscopio de Gobiernos en las economías de ingreso alto y mediano. Como resultado, las reestructuraciones de deuda se producen a través de un laberinto de procesos complejos: es a través del Marco Común, el mecanismo de emergencia introducido durante el período de la pandemia de COVID-19 para apoyar a los países sobreendeudados, o acuerdos puntuales con los Gobiernos y los tenedores de bonos. 

El sistema de alerta temprana para gestionar la deuda de los países de ingreso bajo también debería haberse actualizado hace tiempo. Su diseño respondió a una época en que los mercados nacionales de deuda estaban poco desarrollados y los acreedores privados extranjeros estaban casi completamente ausentes. En la actualidad, ocurre lo contrario. El sistema, oficialmente denominado Marco de Sostenibilidad de la Deuda para los Países de Ingreso Bajo, se revisará este año y debería actualizarse para reflejar (i) esta nueva realidad. 

Aliviar las presiones financieras 

En 2024, los inversionistas en bonos volvieron a “abrir el grifo”. Después de retirarse de las economías en desarrollo apenas el año anterior, volvieron a invertir y proporcionaron USD 80 000 millones más en nuevos desembolsos de lo que se pagó por concepto de deuda. Ese flujo de fondos permitió a algunos países experimentar menos presión financiera. Varios completaron emisiones de bonos por miles de millones de dólares, ya sea para financiar déficits presupuestarios o pagar bonos que vencían. Pero este no era precisamente un endeudamiento de bajo costo: las tasas de interés llegaban al 10 %, aproximadamente el doble que antes de 2020. 

En todo caso, no todos los países en desarrollo han podido acceder a los mercados de bonos extranjeros, y otras opciones se volvieron más escasas en 2024. Los acreedores bilaterales oficiales —Gobiernos y entidades relacionadas con el Gobierno— se retiraron, recaudando USD 8800 millones más en capital e intereses que lo que desembolsaron en nuevo financiamiento. En cambio, la mayoría de los países en desarrollo recurrieron a los acreedores internos. Entre los 86 países para los que se dispone de datos sobre deuda interna, en más de la mitad la deuda pública interna creció más rápido que la deuda pública externa. Este tipo de endeudamiento suele tener un costo para el sector privado: los bancos comerciales locales acumulan bonos gubernamentales cuando deberían otorgar préstamos al sector privado. La deuda interna también tiene vencimientos más cortos, lo que crea un riesgo mayor cuando los préstamos vencen y deben refinanciarse a una tasa de interés posiblemente más alta. 

Es hora de dejar de tentar a la suerte. La mala gestión de la deuda de los países en desarrollo frena el desarrollo económico y obliga a demasiadas naciones a caer en una trampa diabólica: pedir préstamos a un alto costo a los titulares de bonos extranjeros o asfixiar al sector privado interno absorbiendo los activos de los bancos comerciales nacionales. El Banco Mundial ha sido una importante ayuda vital para los países más vulnerables: en 2024, proporcionó USD 18 300 millones adicionales en financiamiento de bajo costo a los países elegibles para obtener asistencia de la AIF que lo que recibió de estos en concepto de reembolsos de capital. Esa cantidad fue un máximo histórico, pero las leyes de la gravedad no se pueden desafiar para siempre. 

La deuda se sigue acumulando de maneras dañinas. Incluso si los países tuvieran opciones para salir rápidamente del problema, los Gobiernos no deberían correr el riesgo de sobreendeudarse: los costos humanos a largo plazo son simplemente inasequibles. Pero esas opciones no abundan hoy en día, y hay pocas señales de que algo vaya a cambiar pronto. A menos que eso suceda, la flexibilización de las condiciones financieras en la actualidad podría incentivar a los países pobres y vulnerables a adentrarse sin darse cuenta en una catástrofe aún mayor en el futuro. 


Indermit Gill

Economista en jefe del Grupo Banco Mundial y vicepresidente sénior de Economía del Desarrollo

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