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¿Debemos creer en la publicidad exagerada sobre las adolescentes?

Disponible en: English, Français

Por Markus Goldstein.

No hay muchas iniciativas de desarrollo entre las que conozco que tengan su propio video (i) hábilmente producido, patrocinado por una gran empresa, y mucho menos en forma de parodia. (i) Pero el “efecto niña”, que argumenta que invertir en las adolescentes es muy positivo, es una de esas.

Debo admitir que no creía mucho en esto (tal vez fue por ese video). Sin embargo, en un nuevo documento (i) escrito junto con mis colegas Oriana Bandiera, Niklas Buehren, Robin Burgess, Selim Gulesci, Imran Rasul, y Munshi Sulaiman, descubrí un motivo para repensar mi escepticismo.

Examinamos el programa  de Empoderamiento y Medios de Subsistencia para Adolescentes (ELA, por sus siglas en inglés), administrado por la organización no gubernamental BRAC en Uganda. Este consiste en tres actividades principales para niñas de entre 14 y 20 años: 1) un espacio social para pasar el rato; 2) capacitación para la vida cotidiana, que incluye desde la salud sexual y reproductiva hasta la negociación, y 3) formación profesional para el mercado local (estudios posteriores examinarán un cuarto aspecto: las microfinanzas). Todo esto se realiza en clubes, por lo general en una pequeña habitación en la aldea (rural) o en el vecindario (urbano). Por último, dado que muchas de estas adolescentes todavía asisten a la escuela, el club está diseñado para que las principales tareas se realicen fuera del horario escolar.

Para analizar los impactos, trabajamos junto con BRAC en la distribución al azar de las actividades en 150 comunidades urbanas y rurales de Uganda. Realizamos una encuesta inicial en 2008 a 4.800 niñas adolescentes y sus padres, y una encuesta de seguimiento unos dos años después.

¿Qué descubrimos? En primer lugar, la aceptación es bastante alta: el 21% de las niñas de las comunidades tratadas se asoció a estos clubes. Y aproximadamente la mitad de ellas dedicó bastante tiempo, asistiendo a reuniones del club 1-2 veces a la semana durante los dos años que duró el seguimiento. Mediante el uso de estimaciones ITT (método de análisis por intención de tratar), examinamos los resultados en una serie de dimensiones.

En términos de comportamiento sexual, las adolescentes que participaron en los clubes demostraron un conocimiento significativamente mejor del VIH y el embarazo que el grupo de control. Además, la probabilidad de que informen que siempre usan un preservativo cuando tienen relaciones sexuales es 12,6 puntos porcentuales mayor (lo que coincide con una disminución de las que informan que lo usan de manera frecuente u ocasional). También registraron una notable reducción de la fertilidad: durante el seguimiento, las niñas en tratamiento presentaron una probabilidad de tener un hijo 2,7 puntos porcentuales menor (26% de la media de la línea de base). Como además manifiestan que no han aumentado el uso de otros métodos anticonceptivos, todo esto en conjunto sugiere con fuerza que están disminuyendo marcadamente su riesgo de exposición al VIH.

El programa también hace hincapié en las actividades económicas. Aquí nos encontramos con que, en relación con la línea de base, las niñas tienen un 35% más de probabilidades de participar en ocupaciones que generan ingresos, la mayoría de las cuales proviene de actividades empresariales independientes más que de empleos remunerados. Pasan más horas trabajando, y (según el empleo que tengan) están ganando más dinero. Curiosamente, comprobamos que esto también se traduce en un aumento del 33% con respecto al valor inicial en la cantidad de dinero que gastan en cosas que consumen (joyas, ropa, cosméticos, tarjetas de llamada, etc.). Y no dejan la escuela para hacer esto (de hecho, las que ya la han abandonado dicen que están considerando seriamente volver, pero no lo han hecho).

¿Esto viene acompañado de más “empoderamiento”? Parece que sí. Para empezar, el porcentaje de adolescentes que informaron que mantuvieron relaciones sexuales contra su voluntad disminuyó 17,1 puntos porcentuales  (un enorme 83% cuando se compara con la media inicial). También observamos algunos cambios en sus actitudes frente a los roles de género. Un resultado particularmente llamativo es que tienden más a pensar que las mujeres deben ganar dinero para la familia (18,2 puntos porcentuales más que el 37% de la línea de base). Vemos algunos resultados mixtos sobre la satisfacción con la vida: los impactos positivos provienen de la satisfacción con los ingresos/ganancias y la menor preocupación por encontrar un buen trabajo en la edad adulta.

Así es que estos efectos parecen bastante importantes, especialmente si se los compara con la mayoría de los programas de educación sobre el VIH o de formación profesional. Pero ¿cuánto cuesta? Teniendo en cuenta que lo que he expuesto anteriormente son nuestras estimaciones ITT, también podemos examinar los costos ITT. Considerando el número de niñas que pueden beneficiarse en el pueblo, el costo por niña fue de US$28,1 en el primer año y US$17,9 en el segundo. Para poner estos costos en contexto, podemos observar el valor del consumo adicional de las niñas en el segundo año. El costo del segundo año del programa es de aproximadamente el 21% de estos gastos. Y eso no incluye una valoración del embarazo, el empoderamiento, y otros beneficios. Todavía no estoy seguro de que esto vaya a salvar a la humanidad, pero me parece que poner el dinero en un programa como este, en Uganda -que tiene uno de los menores promedios de edad del mundo-, es una muy buena inversión para las jóvenes durante la crítica transición de la niñez a la edad adulta.