Tarea pendiente: maestros que inspiren

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Jaime, con profesores que dedican sus vidas a la educación de alumnos con necesidades especiales en el Colegio de la Corporación Municipal del Campo Transitorio de Dharabi (Mumbai, India). (Photo: Marcela Gutierrez Bernal / World Bank)

El miércoles pasado se lanzó el Informe sobre el desarrollo mundial 2018: Aprender para hacer realidad la promesa de la educación. El mundo enfrenta una crisis de aprendizaje. En muchos países del mundo en desarrollo, los aprendizajes son insuficientes, las oportunidades de aprendizaje son desiguales, y el progreso es todavía muy lento. ¿Qué se necesita? Que los estudiantes lleguen a la escuela habiendo tenido una nutrición y un estímulo adecuado durante los primeros años de vida; escuelas bien administradas que generen un entorno conducente al aprendizaje; insumos adecuados para que esas escuelas operen de manera efectiva; y, lo más importante, maestros motivados y bien preparados.

Y es que hoy, en el siglo XXI, con la revolución de las comunicaciones y la tecnología, el elemento esencial para lograr un aprendizaje efectivo en el aula sigue siendo el maestro. Como se discute en el informe, la tecnología puede facilitar el proceso de aprendizaje, ayudando, por ejemplo, a que en el aula estudiantes con distintos niveles de competencia tengan el estímulo que necesitan para avanzar. Pero esto simplemente complementa a un maestro que debe de saber utilizar la tecnología. 

Justamente, la profesión docente es uno de los elementos del sistema educativo en donde los países enfrentan necesidades de reforma más profundas. Hay muchísimos maestros con una formación excelente, que son brillantes mentores y amigos de sus alumnos. Maestros que inspiran y cambian vidas. Que, en precarias situaciones, trabajando a veces sin mayor apoyo del Estado, usan su creatividad y pasión para desarrollar una dinámica en el aula que motiva y engancha a sus alumnos. Logran conseguir recursos adicionales o a veces ponen los propios cuando faltan materiales.

Está la directora regional en Moquegua, una ciudad en el sur del Perú, que fue hasta la fiscalía a denunciar a los padres por abandono porque estaba cansada de que no asistieran a las reuniones de padres de familia. Está el profesor en Jamestown, el antiguo barrio pescador en Accra, Ghana, al que me encontré un día domingo mientras pintaba las paredes y el mobiliario de su escuela con la ayuda de jóvenes voluntarios y alumnos. Hay miles de escuelas donde el profesor es el que hace que la escuela tenga vida y se llene de magia. Para muchos, así es ser maestro. Es representar la esperanza. Confiar en que se puede. Creer en sus alumnos y en sí mismo.

Pero también hay aquellos que están en el aula porque es el único empleo que consiguieron o porque la carrera de pedagogía fue la única a la cual pudieron acceder. O que queriendo hacer bien su trabajo, terminan no haciéndolo, pues están preocupados por llegar a otro trabajo que tienen, ya que necesitan dos empleos para mantener su hogar. Y más aún están aquellos, usualmente muy pocos, que utilizan su profesión con fines políticos, sin interesarles realmente el bienestar de los estudiantes. Es como cualquier profesión: entre los maestros, hay algunos que son excelentes, otros buenos, y otros, malos. Más aún, la importancia de la profesión del maestro es tal, que todo adulto recuerda a ese maestro que lo motivó y le cambió la vida, y a aquel que no era bueno y le hizo sentir mal.

Y sobre esto, la evidencia científica es clara. Un buen maestro hace la diferencia. En Estados Unidos, los estudiantes que tienen maestros de alto desempeño avanzan 1,5 grados escolares o más en un año escolar. En contraste, los estudiantes de un maestro de bajo desempeño cubren 0,5 grados escolares en el mismo tiempo. La evidencia también muestra que la calidad docente puede importar mucho más en los países en desarrollo. De hecho, un estudio en Pakistán encuentra efectos similares: un buen maestro hace la diferencia, independientemente de otros factores. El reto que tienen los países es el de incrementar la proporción de maestros que inspiren, que enganchen con sus alumnos, que les permitan adquirir las competencias básicas de comprensión lectora y matemáticas; competencias más complejas, como pensamiento crítico y la habilidad de aprender por su cuenta; así como habilidades socioemocionales (e.c. perseverancia, comunicación, creatividad, curiosidad). ¿Cómo lograrlo?

Primero, los maestros y la sociedad en su conjunto deben ver la docencia como una carrera altamente valorada, retadora, con permanente aspiración por la excelencia. Esa es una profesión que nunca es un mero trabajo para ganarse la vida. Es una carrera de altísima responsabilidad, en donde el proceso de enseñanza forma a los ciudadanos del futuro. Si hay algo que distingue a los países o sistemas con mejores resultados educativos, es justamente esto: Finlandia, Singapur y Corea del Sur se diferencian porque el ser maestro tiene alto valor social. Esto se refleja en los ingresos, pero también en la relación entre el Estado, la sociedad y el maestro, en el interés por mejorar su bienestar y su motivación.

Segundo, los salarios deben ser adecuados para que los maestros no se vean forzados a tener otro empleo y puedan dedicarse de lleno a su labor docente; deben ser salarios consistentes con esa valoración social. Un sistema educativo será de muy buena calidad cuando los salarios de un docente experimentado estén a la par de un buen abogado, arquitecto o ingeniero con experiencia comparable. Esa situación no es un sueño. Es lo que se ve en economías como Corea del Sur, España y Hong Kong. Nunca van a ser salarios millonarios, pero en estos países, los salarios de los maestros son similares a los salarios de otros profesionales.  En la mayoría de países de la OCDE, los salarios están razonablemente alineados con los del resto de profesionales.

Al mismo tiempo que se compensa adecuadamente a los maestros, la carrera docente debe ser también rigurosa y meritocrática. La educación de un país será de muy buena calidad cuando veamos que en los institutos pedagógicos o las facultades de educación de las universidades, los postulantes tengan altos niveles de exigencia en la admisión. Por ejemplo, en Corea del Sur, quien estudia pedagogía se encuentran en el decil superior de los graduandos de secundaria y solo uno de cada veinte pasa el examen de entrada a la profesión docente. Algo similar pasa en Singapur, Japón y Taiwán.

Adicionalmente, dado que el futuro de nuestros países está en las manos de los maestros, su trayectoria profesional debe depender de sus logros. La promoción laboral de los docentes debe estar sujeta a su desempeño, conocimientos y a los aprendizajes de sus estudiantes, y no simplemente a su antigüedad y a la acumulación de certificaciones. La evidencia empírica aquí también es muy clara. La acumulación de certificados y diplomas no aseguran una mayor capacidad de enseñanza en el aula. Tampoco la experiencia, excepto los primeros años en el aula. Además, la estabilidad laboral de los profesores debe estar asociada a su desempeño, contrario a lo que sucede en muchos países en los que tienen contratos gubernamentales asegurados.

Y para tener profesores efectivos se necesita que los maestros tengan oportunidades de desarrollo profesional. Por un lado, su formación debe ser consistente con lo que necesitan los estudiantes de hoy. Dado que las universidades tienen -o deben tener- autonomía académica, no se les puede obligar a un currículo académico específico. Pero el Estado, como gran empleador, sí puede fijar las competencias y conocimientos mínimos que deben tener los estudiantes y en función a eso, las competencias y conocimientos mínimos de los maestros que se están formando. Así como ellos deben inculcar en sus estudiantes el pensamiento crítico, así deben ser formados también. Por otro lado, la formación en servicio no puede sólo basarse en los cursos tradicionales en los que se invierte muchísimo dinero. Las experiencias más exitosas muestran que el uso de acompañantes (coaches) que trabajen de manera cercana y personalizada, el entrenamiento ligado a las necesidades de cada maestro, y en contenidos y métodos pedagógicos que sean de inmediata utilidad, y los grupos de inter-aprendizaje son mucho más efectivos. En Shanghái, los profesores participan en grupos de enseñanza e investigación constantemente. Tienen la oportunidad de desarrollarse, recibir consejos y retroalimentación de sus pares, por un proceso que incluye observación de la enseñanza en el aula.

Dos países que están avanzando en mejorar las condiciones salariales mientras que introducen elementos meritocráticos en la carrera son Perú y Kenia. En ambos casos, son reformas que, pese a su avance, requieren unos años más para consolidarse. En Perú, la Ley de Reforma Magisterial de 2012 aumentó los niveles salariales de los maestros, transparentó el pago, y asoció las oportunidades de ingreso de la carrera y promoción en la misma a sus resultados en evaluaciones de conocimiento pedagógico y de su disciplina, a su desempeño en el aula, y a su formación y méritos. En Kenia, a través de la Comisión de Servicio Docente (TSC), el Gobierno está trabajando para que los profesores sean evaluados en base a su conocimiento profesional, su manejo de tiempo, la innovación y creatividad en la enseñanza, la seguridad y protección de los alumnos, la promoción de actividades curriculares, su desempeño profesional y su colaboración con padres, entre otros. Esta herramienta de evaluación es relativamente nueva (2016) y está siendo revisada para incorporar la retroalimentación de los maestros.

La educación de un país es tan buena como sus maestros. Debemos seguir avanzando en reformas que aumenten el prestigio de la profesión docente, aunque sean complicadas y de largo aliento. Si seleccionamos, formamos, premiamos y exigimos a los maestros adecuadamente, observaremos transformaciones en el aula. Estas transformaciones afectaran a los estudiantes, y con esto, al futuro del planeta.

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Autores

Jaime Saavedra

Director de Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe del Banco Mundial

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