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El agua y la guerra: la dinámica turbulenta entre el agua y la fragilidad, los conflictos y la violencia

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En los últimos dos años ha llovido muy poco en Somalia. Las consecuencias son trágicas y bien conocidas: pozos secos; ganado muerto; malas cosechas; migración; gran cantidad de personas que necesitan con urgencia asistencia humanitaria. La situación se repite en Yemen, Sudán, Kenya, Etiopía y Nigeria. Sin embargo, la falta de lluvias no es el único problema hídrico que causa estragos. Las inundaciones, las enfermedades transmitidas por el agua y los conflictos transfronterizos por los recursos hídricos pueden causar gran sufrimiento humano y perturbaciones en los sistemas políticos, económicos y ambientales.

Al tiempo que movilizamos rápidamente recursos para enfrentar el hambre, también debemos preguntarnos por qué la crisis hídrica se sigue produciendo. El agua siempre ha sido una fuente de riesgos. Siempre se han producido sequías e inundaciones, y con el cambio climático podemos esperar que estas sean más frecuentes y más graves. Pero las crisis de la magnitud que vemos hoy en los países afectados por la sequía no surgen solo de estos acontecimientos naturales: son producto de nuestro fracaso en la gestión de estos riesgos de larga data. Cuando las instituciones no se preparan, no pronostican o no responden a los riesgos relacionados con el agua, un pozo seco, un brote de cólera o una inundación pueden tener consecuencias mucho mayores en términos humanos, políticos y económicos.

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En los países que atraviesan por situaciones de fragilidad, conflictos y violencia es difícil lograr la seguridad hídrica, es decir prestar servicios de abastecimiento de agua a la población y protegerla de los riesgos relacionados con este elemento vital. Los recursos son escasos. La seguridad física crea limitaciones. La infraestructura se ve dañada por la violencia y las personas son obligadas a desplazarse. Además, es costoso fracasar en estos contextos.
 
En la actualidad, 2000 millones de personas viven en contextos frágiles. En 2030, prácticamente la mitad de los pobres del mundo vivirá en esas condiciones.

En un nuevo informe titulado “Turbulent Waters: Pursuing Water Security in Fragile Contexts” se describe lo que ocurre cuando las instituciones en los países frágiles no logran gestionar los diversos problemas relacionados con el agua. La inseguridad hídrica puede multiplicar los riesgos, cuando afecta reiteradamente a los habitantes, alimentando la percepción de que las instituciones y los Gobiernos “no hacen lo suficiente”, exacerbando las quejas existentes, creando nuevos riesgos y empeorando las desigualdades. Esto, a su vez, contribuye a la desestabilización de los contextos ya frágiles, agravando los problemas de la gestión del agua y perpetuando un círculo vicioso de inseguridad hídrica y fragilidad.
 
Debemos trabajar para romper el círculo vicioso de la inseguridad hídrica y la fragilidad  . Una mayor seguridad hídrica puede ayudar a prevenir el aumento de la fragilidad en los países. Puede servir para medir la resiliencia frente a los desastres relacionados con el agua y para observar de manera tangible la capacidad y el compromiso de un Gobierno en materia de prestación de servicios básicos. En este informe, analizamos cómo se pueden llevar a cabo inversiones para revertir el ciclo de la inseguridad hídrica y la fragilidad cuando existen oportunidades de desarrollo, cuando los conflictos se han moderado, o en tiempos de crisis cuando los conflictos aún están en curso.
 
En momentos como estos, de crisis humanitarias, debemos redoblar nuestros esfuerzos para usar el agua como un medio para lograr resiliencia y estabilidad. 


Autores

Claudia W. Sadoff

Director General, International Water Management Institute (IWMI)

Edoardo Borgomeo

Water Resources Management Specialist, World Bank

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