Publicado en Voces

La integración de la biodiversidad y el desarrollo

Frente a las crecientes amenazas a la biodiversidad y a los sistemas naturales cruciales para todas las economías, ya no bastan las medidas de conservación que solo buscan detener la pérdida de naturaleza. Debemos revertir el deterioro, y esto implica cambiar la forma en que producimos y consumimos. Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate el 7 de diciembre de 2022.


A young fisherman in Asia casts a net at dawn as the sun rises behind him.

 

La biodiversidad del planeta y los servicios que proporcionan los ecosistemas saludables están sometidos a una enorme presión debido al cambio climático y al desafío que supone albergar a 8000 millones de personas de manera sostenible.  Los servicios ecosistémicos clave —como la madera de los bosques, los polinizadores y la pesca en los océanos— deben conservarse y valorarse, pero se están erosionando rápidamente. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica de 2022 (COP15), que se celebra este mes en Montreal, constituye una oportunidad para consolidar la visión compartida por toda la humanidad de vivir en armonía con la naturaleza. 

La biodiversidad es un objetivo importante de los programas del Grupo Banco Mundial.  Pero para revertir su pérdida, es necesario que las decisiones económicas tengan en cuenta la naturaleza. Por tal motivo estamos trabajando para ayudar a los países a integrar la naturaleza en sus modelos de crecimiento económico, sus planes de desarrollo y sus programas climáticos.  Esto supone ir mucho más allá de las intervenciones aisladas y establecer políticas que contemplen el valor económico real de la naturaleza, desarrollar instituciones que la apoyen, conformar alianzas público-privadas que respalden ese objetivo y movilizar financiamiento de todas las fuentes para transformar las economías y las políticas.

La pesca es un buen ejemplo que muestra la importancia de la naturaleza para el crecimiento y el desarrollo. En todo el mundo, las poblaciones de peces están disminuyendo debido a la triple amenaza del cambio climático, la pesca excesiva y la contaminación.  Si no se modifican las prácticas actuales, podría perderse hasta el 25 % de la pesca para fines de siglo. Esto debería ser motivo de preocupación para todos, por varias razones.

En primer lugar, ya estamos frente a una de las peores crisis de seguridad alimentaria de la historia moderna. Puesto que el pescado es un componente central de la dieta de 3300 millones de personas, la reducción de la oferta exacerbará las crisis alimentarias ahora y en el futuro. El pescado es rico en nutrientes que revisten particular importancia para el desarrollo infantil, y es una fuente de proteínas especialmente valiosa para los pobres, pues es más fácil de obtener y más barato de conservar que otras. De hecho, el pescado aporta el 50 % o más de la ingesta total de proteínas de origen animal en Ghana, Mozambique y Sierra Leona. Asimismo, la escasez de pescado afectaría toda la cadena alimentaria, ya que los productos pesqueros son insumos importantes de otros alimentos, como los del ganado.

En segundo lugar, a medida que los peces se vuelvan más escasos o migren a aguas más frías y profundas como consecuencia del cambio climático, muchos pescadores se verán obligados a viajar más lejos para capturarlos, a cambiar su modo de pescar o a buscar nuevos empleos. Muchos no podrán adaptarse. De los 38 millones de personas que trabajan de forma directa en el sector pesquero en todo el mundo, las más vulnerables serán las más afectadas. Entre ellas se incluyen las comunidades pesqueras de pequeña escala, que a menudo se ubican en zonas remotas ya perjudicadas desproporcionadamente por los efectos del cambio climático. Las mujeres, que representan el 50 % de los empleados en la cadena de valor de alimentos acuáticos en general, también se verán afectadas de manera significativa. Para los que tienen escasa educación formal, será difícil encontrar medios de subsistencia alternativos.

En tercer lugar, el impacto de estas amenazas se intensificará con el tiempo. Las poblaciones de peces no respetan las fronteras internacionales. Si no se establecen regulaciones e incentivos adecuados, las flotas continuarán maximizando sus capturas a corto plazo, y las principales economías pescarán en forma excesiva aun mucho más allá de sus aguas territoriales. Si todos los países lo hacen, este serio problema se agravará mucho más. Hace 50 años, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor del 10 % de las poblaciones mundiales de peces estaban sometidas a una pesca de niveles biológicamente insostenibles. En la actualidad, esa cifra ha aumentado al 35 %. Si bien muchos países sufrirán, las comunidades más pobres llevarán la peor parte.

Frente a estos desafíos, ya no bastan las medidas de conservación que solo buscan detener la pérdida de naturaleza. Debemos revertir el deterioro, y esto implica cambiar la forma en que producimos y consumimos.

Un enfoque posible consiste en invertir en soluciones basadas en la naturaleza que la protejan y, al mismo tiempo, respalden el desarrollo económico, creen medios de subsistencia y ayuden a los países a mitigar el cambio climático y adaptarse a él. Pensemos en los manglares, ricos en biodiversidad, que actúan como viveros para peces, protegen a más de 6 millones de personas de inundaciones anuales y absorben emisiones de carbono. Se estima que su riqueza económica alcanza los USD 550 000 millones. Otro ejemplo es el cultivo de algas marinas, que puede generar empleo, aliviar la inseguridad alimentaria y absorber carbono.

El Grupo Banco Mundial trabaja en muchos frentes para ayudar a los países a reconocer tanto el valor de la naturaleza como los riesgos que se derivarían de perderla. A menudo, a través de los ministerios de finanzas, proporcionamos financiamiento, conocimientos, asesoramiento sobre políticas y capacidad técnica para movilizar a los asociados en favor de soluciones basadas en la naturaleza. Con nuestro apoyo, los países identifican nuevas intervenciones prometedoras que pueden repetirse y ampliarse.

Por ejemplo, al involucrar a diferentes partes interesadas en la planificación del sector marino, Vietnam reduce los conflictos que pueden surgir entre los diversos sectores por el uso de los recursos. En China, trabajamos con los municipios de Chongqing y Ningbo para reducir la cantidad de plástico marino que llega al océano desde los ríos, basándonos en proyectos anteriores que ayudaron a desarrollar la capacidad de tratamiento del agua en el país. Mediante la aplicación de elementos tecnológicos como satélites y drones, ayudamos a Tanzanía y a otros países a obtener datos en tiempo real sobre la degradación costera y marina, de modo que puedan actuar para prevenirla. Y a través de instrumentos financieros innovadores, como los créditos de carbono azul, Ghana procura recuperar 3000 hectáreas de manglares y atraer más financiamiento privado.

Estamos trabajando para ampliar iniciativas como estas. Las metas a corto plazo incluyen incrementar el financiamiento para proyectos en los países pobres, lograr que el sector privado participe en mayor medida y promover la acción coordinada, desde las comunidades locales hasta los Gobiernos nacionales. Pero para detener la pérdida de biodiversidad, debemos hacer mucho más, tanto nosotros como la comunidad mundial.  


Autores

David Malpass

Expresidente del Grupo del Banco Mundial

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