Trabajar por una recuperación que incluya a las personas con discapacidad en América Latina

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A person with disabilities in Montevideo
Un joven con discapacidad en Uruguay /Banco Mundial

Aislados, imposibilitados de acudir a espacios públicos, desconectados de la escuela, disuadidos de buscar un trabajo y con más problemas de salud mental, en particular depresión. Parecería una descripción de la experiencia colectiva en 2020. Sin embargo, esta es la realidad diaria de muchas personas con discapacidad en América Latina y el Caribe.

“El director de mi escuela dijo que no podía estudiar porque no podía ir al baño sola”. Este es el testimonio de Florencia de los Santos, una uruguaya de 29 años nacida y criada en Montevideo, donde intenta trabajar de cualquier cosa que encuentre que le otorgue una remuneración justa. Florencia terminó la escuela primaria en 2009 y regresó a la escuela secundaria en 2019, completando los primeros tres grados en un solo año.

Un video reciente del Banco Mundial relata los obstáculos ambientales, sociales y legales que Florencia y otros como ella enfrentan en su vida diaria: desde autobuses que no paran cuando los ven esperando en la acera hasta atención médica que no se condice con sus necesidades. “Yo soy la paciente”, dice Florencia. “Ni mi pareja, ni mi asistente, ni mi abuela. Soy yo”.

Invisibilidad

La experiencia de Florencia no es una excepción. Sus palabras reflejan la experiencia de más de 85 millones de personas en América Latina y el Caribe —15% de la población— que tienen alguna discapacidad. Las personas con discapacidad son más pobres, menos educadas y se ven excluidas de muchas oportunidades socioeconómicas . Sin embargo, la invisibilidad estadística no nos permite hacernos una imagen completa de lo que se esconde detrás de esta exclusión.

La pandemia de la COVID-19 golpeó duramente en la vida de millones de personas con discapacidad como Florencia. Sabemos que las personas con discapacidades de aprendizaje son más propensas a morir de COVID-19; que los servicios de rehabilitación —muchas veces cruciales para su funcionamiento diario— han sido interrumpidos o restringidos; que los equipos de protección personal (EPP) y las campañas preventivas rara vez tomaron en cuenta la accesibilidad al inicio de la pandemia, y que aquellos que dependen de servicios de atención externos para sus necesidades básicas han estado más expuestos a contraer el virus.

Pero las secuelas de la pandemia también impactan en otras áreas.

Tomemos el ejemplo de la educación. El cierre de las escuelas restringió el acceso a programas de alimentación, tecnologías asistenciales, personal capacitado y actividades extracurriculares esenciales para el aprendizaje de niños y jóvenes con discapacidad. Mientras los países bregan por mantener sus sistemas educativos en funcionamiento, los planes educativos personalizados y la atención a la salud mental rara vez fueron prioridad.

Asimismo, el riesgo adicional de contraer COVID-19 obligó a algunos jóvenes como Florencia a abandonar la escuela con la esperanza de retornar cuando sea más seguro. Las capacitaciones online dejaron a muchos de lado debido a problemas de conectividad y accesibilidad. En México, alrededor de uno de cada diez hogares con un integrante con discapacidad posee conexión a Internet, de acuerdo a datos oficiales.

La brecha digital reduce la probabilidad de que los alumnos continúen su educación de una manera adecuada a sus necesidades de aprendizaje . “Si una persona con discapacidad no puede estudiar —acota Florencia—, nunca podrá obtener un puesto de trabajo decente”.

Una investigación en curso del Banco Mundial en nuestra región halló que uno de cada diez niños con discapacidad no asiste a la escuela. El analfabetismo es casi cuatro veces más elevado entre adultos con discapacidad en comparación con aquellos sin discapacidad, lo que obstaculiza su trayectoria hacia un empleo decente. 

Construir un futuro común

Como muestra el impacto de la COVID-19 en el mercado laboral, los empleos poco calificados son los que más sufren y los que más tardan en recuperarse . A medida que la región mira hacia adelante, debemos reconstruir de una manera que promueva la inclusión de las personas con discapacidad.

Al celebrar el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, reiteramos el esfuerzo de nuestra región por cumplir con el compromiso del Banco Mundial con una agenda inclusiva con la discapacidad. Seguiremos allanando el camino para incluir a las personas con discapacidad en todos los proyectos del Banco Mundial  y fortalecer el conocimiento de la región respecto a qué funciona para asegurarnos que las personas con discapacidad puedan participar plenamente de la sociedad. Necesitamos un enfoque integral que coloque a las personas con discapacidad como protagonistas y socios en la construcción de un futuro común. 

“Queremos ser tratados como iguales y celebramos la inclusión y la igualdad para todos”. Sumándonos al llamamiento de Florencia, creemos que la inclusión de personas con discapacidad es una oportunidad de reconstruir mejor con equidad y justicia. Promover la inclusión de la discapacidad hará que nuestras escuelas, lugares de trabajo y ciudades sean más resilientes, accesibles y sostenibles para todos.


Autores

Maria Elena García Mora

Especialista sénior, Inclusión y Sustentabilidad Social

Maria González de Asis

Gerente de Práctica de Sostenibilidad e Inclusión Social para América Latina

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