Educación y cambio climático: La función clave de las inversiones en adaptación

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El desarrollo es, básicamente, el proceso de realizar inversiones en el presente que aumenten el crecimiento futuro de un país. Hay pocas inversiones que tengan tantos beneficios como invertir en capital humano y educación.  En algunos países de ingreso bajo y mediano, la rentabilidad a largo plazo de invertir en capital humano es más de 10 veces superior a la de invertir en capital físico (Collin y Weil, 2018 [i]). En otros estudios se ha observado que las diferencias en la escolaridad y el aprendizaje pueden representar “entre un quinto y la mitad de las diferencias de ingreso entre países” (Angrist y otros, 2019 [i]).

Pero al igual que el capital físico, las inversiones en capital humano se verán afectadas por el cambio climático y, como en todos los segmentos de la economía, el sector educativo deberá adaptarse a las realidades de un clima más cálido e inestable. Lo que aún no se sabe es qué puede hacer el sector educativo para participar más eficazmente en los desafíos que plantea el cambio climático.

Para hacer frente al cambio climático será necesario mitigar las emisiones (“mitigación”) y adaptarse a las consecuencias de ese cambio (“adaptación”). Si bien todos los sectores de la economía deberán reducir sustancialmente sus emisiones de carbono para facilitar la transición a un mundo con bajas emisiones, en la actualidad el sector educativo contribuye relativamente poco a las emisiones mundiales. 

Es difícil obtener estadísticas a gran escala, pero en los países de ingreso alto parece que la participación del sector educativo en las emisiones es del orden del 2 % al 3 % (i) del total nacional, y la mayor parte proviene de la electricidad comprada. Las estimaciones de Estados Unidos indican que los institutos de educación superior de ese país son responsables de menos del 2 % de las emisiones, y que el 70 % de estas son emisiones de alcance 2 y 3 (Sinha y otros, 2010 [i]). De igual manera, en Sudáfrica, el consumo total de energía de todas las escuelas representa menos del 2 % del consumo de energía del país (i). Esto contrasta con los sectores industrial y agrícola, que en Estados Unidos son responsables del 24 % y el 11 % (i) de las emisiones de gases de efecto invernadero, respectivamente.

En cambio, el sector educativo puede desempeñar un papel importante en lo que respecta a adaptación. Un sólido y rápido crecimiento de las publicaciones académicas documenta las consecuencias negativas del cambio climático —y de las altas temperaturas en particular— para los estudiantes.  Este vínculo es importante porque las proyecciones muestran (i) que grandes partes del mundo estarán expuestas a temperaturas considerablemente más altas en un contexto más cálido.

 

Gráfico 1   Gráfico 2

 

Algunos estudios recientes revelan que los estudiantes tienen un desempeño considerablemente peor en los exámenes cuando estos se realizan en los días más calurosos. Este efecto se produce tanto en el caso de los exámenes clave que determinan si los estudiantes pueden graduarse de la escuela secundaria (Park, 2020 [i]) como en los exámenes de menor importancia sin consecuencias a largo plazo (Zhang y otros, 2022 [i]). En la ciudad de Nueva York, tomar un examen en un día de 90°F (32°C) o una temperatura superior redujo el rendimiento en un 13 % de una desviación estándar. Si aumenta la temperatura el día del examen en aproximadamente 5°F (2,7°C), se reduce la probabilidad de graduación en casi un 5 %. En China, los datos de 14 millones de exámenes de ingreso a la universidad (de alto impacto) indican que los estudiantes que realizan el examen en un día con temperaturas superiores a los 82,5°F (28°C) tienen puntajes un 6 % más bajos que los que lo realizan en condiciones de temperatura óptimas (Graff Zivin y otros, 2020 [i]).

 

Gráfico 3

 

Estos efectos tampoco se limitan al corto plazo. Al examinar los puntajes de 10 millones de exámenes tomados a estudiantes a lo largo de 13 años, Jisung Park y los coautores observan que el mismo estudiante obtiene peores resultados en un examen al realizarlo después de un año con más días de temperaturas superiores a los 90°F (32°C) en comparación con el promedio, controlando estadísticamente la temperatura del día en que se realizó el examen propiamente dicho (Park y otros, 2020 [i]). El resultado se mantiene igual al analizar los datos de 67 países sobre puntajes de niños de 15 años en el examen del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (PISA) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE): cuando el examen se realiza en años más calurosos que el promedio, los estudiantes obtienen peores resultados, lo que sugiere que aprenden menos durante esos años (Park, Behrer y Goodman, 2021 [i]). Estos impactos son mayores en los países de ingreso bajo, en los estudiantes pobres y en los estudiantes de minorías, y posiblemente debido a un menor acceso a adaptaciones eficaces. En consecuencia, los aumentos de la temperatura máxima tienden a exacerbar las desigualdades existentes en el sector educativo. En el análisis que estamos realizando, junto con Kibrom Tafere, ampliamos el ámbito de estudio para observar los resultados de Etiopía, Chile y México.

La temperatura también tiene efectos indirectos: hace que las familias de las comunidades agrícolas retiren a los estudiantes de la escuela en años con mayores pérdidas de cultivos  debido a las altas temperaturas, lo que afecta negativamente su formación de capital humano (Garg y otros, 2020 [i]). Las altas temperaturas también aumentan el ausentismo y los problemas de disciplina (i), pero solo en los entornos sin aire acondicionado.

Abordar las consecuencias negativas de la exposición al calor en la formación de capital humano mediante el fomento de las inversiones en adaptación puede ser más importante que reducir directamente las emisiones de las escuelas.  Para entender por qué, consideremos el siguiente ejemplo. Imaginemos que una escuela secundaria bastante grande del sureste de Estados Unidos instala paneles solares en el techo y reduce a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la electricidad. Teniendo en cuenta el consumo normal de electricidad en las escuelas, la intensidad de carbono de la electricidad en el sudeste y el costo social del carbono para el Gobierno de los Estados Unidos (USD 50), es probable que el valor actualizado de los beneficios mundiales de las toneladas de CO2 evitadas durante los próximos 10 años sea del orden de los USD 1,5 millones. Si, en lugar de instalar paneles solares, la escuela hubiera invertido en instalar aire acondicionado en todas sus aulas (lo que podría tener un costo diferente al de instalar energía solar), los resultados de los estudios anteriores sugieren que el valor actualizado del aumento de las ganancias futuras de sus estudiantes habría sido de aproximadamente USD 2,6 millones.

Eso no significa que el ámbito de la adaptación sea el único que debería abordar el sector educativo en relación con el cambio climático. En cualquier caso, las escuelas pueden beneficiarse de la reducción de los costos de energía; por ejemplo, los fondos ahorrados se pueden destinar a pagar más a los maestros. Otras inversiones en eficiencia energética en los edificios escolares, como ventanas y aislamiento mejorados o bombas de calor de alta eficiencia, también pueden contribuir a controlar la climatización. Y el sector de la educación puede ayudar a cambiar las opiniones sobre el cambio climático. Sin embargo, las investigaciones sobre la eficacia con que la educación por sí sola puede lograr cambios en la sociedad son dispares. Ciertos estudios realizados en Estados Unidos indican que un curso intensivo de un año (i) condujo a una reducción del 10 % en las emisiones personales informadas por los encuestados, gran parte de las cuales provino de la decisión de comprar un automóvil diferente. Otros trabajos recientes de Chile indican que los programas de educación ambiental no sirvieron para cambiar las opiniones o el comportamiento de los padres de los estudiantes (Jaime y otros, 2022 [i]).

De cualquier modo, adaptar las instituciones educativas a los impactos climáticos fortalece alguna de las otras formas en que la educación puede ayudar a combatir el cambio climático. Las investigaciones señalan que las personas con niveles de educación más altos tienen mayor capacidad de adaptación y resiliencia ante el cambio climático, por lo que sufren menos daños derivados de las consecuencias climáticas (O'Neill y otros, 2020 [i]). Promover la adaptación al cambio climático en el sector educativo facilita la consecución de sus objetivos de mejorar los resultados de aprendizaje, que es a su vez un medio para combatir el cambio climático. 

La educación es un poderoso motor del crecimiento que se ve amenazado por el cambio climático. Descubrir maneras de adaptar las escuelas y de educar a los estudiantes para reducir las consecuencias negativas de la exposición a los fenómenos climáticos extremos es una labor fundamental de la investigación y las políticas educativas.  Teniendo en cuenta los considerables y complejos efectos de mejorar la capacidad de los estudiantes para aprender y acumular capital humano en las primeras etapas de la vida, descubrir y promover adaptaciones climáticas para los estudiantes jóvenes puede ser la forma más importante de participación del sector educativo en los desafíos planteados por el cambio climático.

Autores

Patrick Behrer

Economist, Development Research Group

Alaka Holla

Gerente de programas, Fondo Estratégico de Evaluación de Impacto (SIEF)

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