El aprendizaje en las aulas físicas está obsoleto

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© pickingpok/Shutterstock
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En la clase de sociología «degusté» un poco de mi futuro.
 
Fuera de la sala de clase, mi ser nativo digital estaba listo para conectarse en línea. Ansiosa de saber más sobre el concepto de dramaturgia de Goffman y las consecuencias de la desviación, iba a explorar videos de CrashCourse, artículos de The Atlantic, cursos edX, y todo lo que estaba al alcance. En estos esfuerzos, siempre había una mezcla curiosa de teoría y práctica: lecturas breves y largas de distintos estilos, cuestionarios sorpresa, visualizaciones de datos, videos y foros de debates mundiales que unidos creaban un relato convincente, diciéndome «tú eres ‘la elegida’». Como muchos de mi generación, me muevo entre el mundo real y el mundo virtual saturado de información, siendo motivada por un afán insaciable de conocimientos que son nuevos, igualitarios y organizados de manera individual.
 
Al interior, sin embargo, el eje estaba invertido. En un alejamiento temporal del consumo de información en línea, me conecté con la experiencia íntima de ser humana: hablar, colaborar, informarse, crear, contar historias. Si algo me entregó esa clase, fue que me inculcó un sentido de flexibilidad mental, algo así como navegar en el mundo incierto del futuro con casi todo sin concebir.

Desde entonces, me pregunté: ¿qué significa ser una persona instruida en esta sociedad futura tan volátil? En mis 17 años de vida, he presenciado el desmoronamiento de esa antigua historia que todos queremos: una etapa de educación formal seguida del trabajo y el retiro de la vida laboral. En una era emocionante en que «el cambio es la única constante», una época tan inundada de máquinas superinteligentes, algoritmos que pueden leer nuestros estados de ánimo, y la continua remodelación de los empleos, la educación universitaria tendrá que estar a la vanguardia. Se deberá volver a concebir.
 
Tomemos como ejemplo, las clases sorpresa (pop-up classes). En que se unen la poesía y el marketing de Twitter, los cohetes y la filosofía, el aprendizaje tradicional y las tecnologías adaptativas, estudiantes veintiañeros y alumnos quinceañeros, educadores y emprendedores glocales. En el espíritu de una experimentación audaz —con contenido, calendarios, espacios y participantes— estas clases vuelven obsoletas las lecciones típicas. Tienen el potencial de responder al acelerado ciclo de reciclaje de habilidades, en sincronicidad con los ritmos entrecortados de la tecnología que se observará en 2025 y posteriormente. En resumen, generan un apetito por el asombro, el codiseño y las intersecciones inesperadas. ¿De qué otra forma «correremos más rápido que los algoritmos, más rápido que Amazon y el Gobierno» si no es viviendo una vida de aprendizaje permanente?
 
En este peculiar imaginario, los estudios universitarios tradicionales podrían también desaparecer. A medida que las innovaciones en el campo de la inteligencia artificial impulsan nuestra máquina social, lo de mayor importancia difícilmente serán las credenciales incapaces de indicar las competencias únicas de una persona. Al reemplazar dichas cualificaciones obsoletas, tecnologías como las «skill-prints» [una cartera de habilidades y experiencias del estudiante que reemplaza al informe de calificaciones] de Stanford infundirán una nueva vida a la hermosa relación entre el mundo académico y el sector empresarial. Un futuro combinado de la educación superior al cual estaba yendo de puntillas en mi clase de sociología quizás no está tan lejos después de todo. 


 Nhi Doan es una estudiante de enseñanza secundaria de The Olympia Schools de Hanoi en Vietnam. Es una de las dos ganadoras del concurso de redacción de blogs organizado por el Grupo Banco Mundial y el Financial Times sobre ideas de cómo será la educación en el próximo siglo.

 

Autores

Nhi Doan

High School student in The Olympia Schools, Hanoi, Vietnam

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