La pandemia de COVID-19 (coronavirus) deja como consecuencia un aumento de la pobreza y la desigualdad

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Bangkok, Tailandia - Vendedor ambulante con mascarilla protectora. Shutterstock.com
Bangkok, Tailandia - Vendedor ambulante con mascarilla protectora

La economía mundial está comenzando a recuperarse de los estragos provocados por la pandemia de coronavirus: para 2021 se espera un crecimiento del 5,6 %. Pero esta recuperación no se siente en todos lados de la misma forma. Los países más pobres enfrentan una crisis más profunda y duradera, que ha elevado la pobreza mundial y está revirtiendo las tendencias recientes de reducción de la desigualdad. 

El resultado es que el impacto de la pandemia de COVID-19 es más grave entre los más pobres del mundo. En 2021, el ingreso promedio de las personas situadas en el 40 % inferior de la distribución mundial del ingreso es un 6,7 % más bajo de lo que indicaban las proyecciones anteriores a la pandemia, mientras que el de quienes se ubican en el 40 % superior se redujo un 2,8 %. La razón de esta gran diferencia es que el 40 % más pobre aún no ha comenzado a recuperar el ingreso perdido, en tanto que el 40 % superior ha restablecido ya más del 45 % de la pérdida inicial de sus ingresos. Entre 2019 y 2021, el ingreso promedio del 40 % más bajo cayó un 2,2 %; en cambio, el del 40 % más alto se redujo un 0,5 %.

La disminución del ingreso se ha traducido en un fuerte aumento de la pobreza mundial. Cerca de 97 millones de personas adicionales viven con menos de USD 1,90 al día como consecuencia de la pandemia (i), lo que eleva la tasa de pobreza mundial del 7,8 % al 9,1 %; asimismo, 163 millones más viven con menos de USD 5,50 al día. Se estima que en todo el mundo se han perdido entre tres y cuatro años de avances hacia la erradicación de la pobreza extrema. 

El número de pobres ha aumentado en todas las regiones, en particular en África al sur del Sahara y en América Latina y el Caribe. Por ejemplo, en las encuestas telefónicas de alta frecuencia realizadas por el Banco Mundial (i) se observó que el 81 % de los hogares de Perú y el 85 % de los de Senegal indicaron que habían perdido ingresos en los primeros meses de la pandemia. En los países de ingreso bajo, la pobreza extrema ha aumentado con rapidez, lo que ha revertido los avances en unos ocho a nueve años, mientras que los progresos en los países de ingreso mediano alto se han retrasado de cinco a seis años.

Los más pobres no son los únicos afectados, ya que los hogares que se ubican en el 60 % inferior de la distribución mundial del ingreso también han perdido terreno debido a la pandemia. Las proyecciones anteriores a la COVID-19 indicaban que el ingreso diario per cápita de los hogares situados en el medio de la distribución mundial del ingreso crecerían de USD 7,15 en 2019 a USD 7,44 en 2021. Ahora se proyecta que el ingreso de estos hogares será de USD 7,05 en 2021, esto es, un 5 % menos que las estimaciones anteriores a la pandemia.

 

La disparidad en la recuperación económica significa que la crisis de la COVID-19 ha contrarrestado de manera directa la disminución de la desigualdad entre los países. Actualmente se estima que esta desigualdad aumentará por primera vez en el transcurso de una generación (i).

Las evidencias recientes indican que, dentro de los países, es posible que también haya empeorado la desigualdad. Las encuestas telefónicas realizadas por el Banco Mundial en las economías en desarrollo mostraron que los hogares más pobres perdieron ingresos y empleos a tasas ligeramente más altas que los hogares más ricos, tendencia que contribuye a agravar la pobreza y la desigualdad en el mundo. Esto se debe a que los grupos vulnerables (mujeres, personas con bajo nivel educativo y trabajadores con empleos informales en áreas urbanas) se vieron particularmente afectados.

Todavía no es posible cuantificar el efecto sobre la desigualdad mundial, pero diversas simulaciones sugieren que con un aumento de solo el 1 % en la desigualdad dentro de los países, 32 millones de personas más vivirán con menos de USD 1,90 al día en 2021, y la brecha entre el crecimiento del ingreso del 40 % más bajo y el 40 % más alto aumentará al 4 %, mientras que si no se produjeran cambios en la desigualdad dentro de los países, esa brecha sería del 2,7 %.

Los estragos derivados de la COVID-19 también influirán en la desigualdad y la movilidad social a largo plazo.  Los que perdieron ingresos debido a la pandemia tuvieron casi el doble de probabilidades de haber debido gastar parte de sus activos o ahorros, lo que reduce su capacidad para hacer frente a las pérdidas de ingresos continuas o recurrentes. También han tenido un 57 % más probabilidades de pasar un día completo sin comer (PDF, en inglés), lo que conlleva graves consecuencias a largo plazo para el desarrollo cognitivo y físico cuando quienes padecen esta situación son niños. También se estima que la COVID-19 podría llevar a una pérdida total de entre 0,3 y 0,9 años de escolaridad (i), y que las familias más pobres serían las más afectadas.

La pérdida de empleos entre los trabajadores más vulnerables (como las mujeres, los jóvenes y las personas sin educación universitaria) puede afectar su productividad y el crecimiento de sus ingresos aun cuando las economías se reactiven. Además, los graves impactos observados en las pymes y las microempresas pueden conducir a una erosión del capital empresarial y del empleo difícil de revertir. Quizás por ese motivo en las economías donde las políticas se volvieron menos restrictivas y el empleo comenzó a recuperarse entre julio de 2020 y enero de 2021, las brechas de empleo entre los diversos grupos producidas por los impactos iniciales de la pandemia no se redujeron significativamente (i).

Para abordar el aumento de la desigualdad y la pobreza mundial, se debe comenzar por acelerar la recuperación económica de los países de ingreso bajo y mediano bajo.  Eso significa aumentar el suministro de vacunas contra la COVID-19 (i) en esos países, ya que sus bajas tasas de inmunización actuales son un obstáculo para el crecimiento. Asimismo, será necesario ampliar el espacio fiscal, por ejemplo, a través de la 20.a reposición de los recursos de la Asociación Internacional de Fomento (AIF-20) (i), y movilizar fondos internos de manera justa y eficiente a fin de apoyar las inversiones que se requieren para un crecimiento inclusivo.

Si se desea garantizar que la recuperación sea equitativa y beneficie a todos los grupos dentro de los países, se necesita gasto público y políticas dirigidas a las mujeres, los trabajadores poco calificados y trabajadores del sector informal urbano. Esto incluye brindar igualdad de acceso a los servicios financieros y la tecnología, e invertir en programas de protección y seguridad sociales. Adicionalmente, a medida que las escuelas reabran, se deberá proporcionar apoyo a los niños y sus padres a través de diversas políticas.

Para lograr que nuestras sociedades sean resilientes frente a crisis futuras, debemos abordar hoy las desigualdades estructurales. 

Autores

Carolina Sánchez-Páramo

Directora mundial de Pobreza del Grupo Banco Mundial

Ruth Hill

Economista jefe del Centro para la Protección de Desastres

Daniel Gerszon Mahler

Economista, Grupo de Gestión de Datos sobre el Desarrollo, Banco Mundial

Ambar Narayan

Economista principal del Departamento de Prácticas Mundiales de Reducción de la Pobreza y Promoción de la Equidad del Banco Mundial

Nishant Yonzan

Consultor, Unidad de Pobreza y Desigualdad, Grupo de Gestión de Datos sobre el Desarrollo, Banco Mundial

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