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Revivir el tsunami ocurrido el día después de Navidad en 2004

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Luego de la devastación causada por el tsunami, la carretera costera fue reconstruída con el apoyo del Banco Mundial. © Chulie de Silva

Mi madre, Manel Kirtisinghe, resumió lo que significaba la pérdida de un ser querido en el tsunami, cuando escribió en su diario: “Lo que posees profundamente en tu corazón, no te lo puede arrebatar la muerte. El 26 de diciembre de 2004, Prasanna se fue, dejando para mí un vacío que perdura y una silenciosa pena que duele mucho”.
 
Prasanna era mi hermano y este año cuando realicemos los rituales religiosos en su memoria, mi madre no estará allí con nosotros. Nos dejó a comienzos de este año. Prasanna era nuestro baluarte y el trauma de su muerte se hizo sentir con tanta intensidad que nos tomó siete años reconstruir nuestra querida casa y volver a ella. Mi mamá estaba feliz de regresar a la casa a la que había llegado como una novia en 1944, pero se negó obstinadamente a ir a la veranda trasera o a caminar por la playa, algo que realizaba dos veces al día antes del tsunami.

 

Tal como lo hizo mi madre, todos tuvimos nuestros mecanismos de ayuda para manejar el dolor. La pena aún está conmigo fuertemente alojada en mi interior, pero en esta época del año, se destapa de golpe y el horror se derrama. Las imágenes se vuelven gradualmente más vivas, intensas, horribles. Aparecen como una película en cámara lenta... y las pesadillas regresan.
 
Muchos de los que sobrevivieron no olvidarán el turbulento torrente de agua maloliente y el temor paralizante que crecía por dentro con este pensamiento: “¿Sobreviviré a esto?”. Prasanna, mi hermano, y Cresenta Fernando, mi colega de la oficina del Banco Mundial en Colombo son solo dos de los miles que el mar devoró en el tsunami ocurrido el día después de Navidad en 2004. Para muchos de los que perdieron a seres queridos, las cicatrices de esa herida son profundas. Solo basta que una persona se parezca desde atrás a Prasanna, o que una niña jugando al tenis me haga recordar las bromas de Cresenta acerca de la vista desde mi oficina, para que la herida sangre de nuevo.

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Rocio Castro, economista en jefe del Banco Mundial para Sri Lanka en 2005 consuela a Ariele durante los servicios ofrecidos en la oficina de Cresenta. Su hermana, su sobrina y sus padres junto a Ariele. © Chulie de Silva
Mi papel inmediato fue mantener la calma y ayudar a mi familia, así como a otras personas que resultaron lesionadas. Aunque ahora parezca increíble, una hora y media después de ocurrido el tsunami todos los miembros de nuestro círculo cercano habían visto a un médico privado que vendaba heridas, cosía cortes profundos, aplicaba vacunas antitetánicas y daba medicamentos. El sepulturero del pueblo, que preparó el cuerpo de mi hermano, había quemado toda su ropa por temor a las infecciones y había encontrado las llaves de mi automóvil en medio de las cenizas. Gracias a prácticas de este tipo, el país no registró ninguna muerte adicional a causa de enfermedades relacionadas con el tsunami o el retraso en la entrega de atención  médica.
 
La oficina del Banco Mundial en Colombo también sufrió un duro golpe con la pérdida de Cresenta. No solo era un economista inteligente; era un compañero de trabajo muy querido y admirado. Su esposa Ariel sobrevivió pero el cuerpo de Cresenta nunca fue recuperado. Se realizó un servicio conmemorativo conmovedor en la oficina de Cresenta y recuerdo a su padre extendiendo sus brazos y diciéndome: “Me puse su ropa, las camisas, los pantalones e incluso sus zapatos, para imaginar que está junto a mí”. Me acuerdo también del apoyo que recibí del entonces director a cargo de las operaciones del Banco en el país, Peter Harold, y la asesora de Asuntos Externos, Dale Lautenbach. Regresé a trabajar siete días después del tsunami y ese periodo fue como una montaña rusa en lo que tenía que ver con las comunicaciones. A menudo me encontraba con Peter parado en la puerta de mi oficina alrededor de las 3 de la tarde, pidiéndome dejar de trabajar y volver a casa temprano.
 
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Retratos de mi madre Manel Kirtisinghe exhibidos durante su funeral. A la derecha como jóven esposa; luego a sus 90 años, antes de que muriera. Fotos  © Chulie de Silva

Mientras escribo, el rollo de “mi película” se rebobina: estoy sobre una estera en el suelo duro de la casa donde nos refugiamos y me duelen todos los huesos. Me aterra derramar una lágrima, por temor a no poder parar. Los murciélagos gritan, un búho ulula y el olor de una rata muerta en el techo de algún lugar se hace sentir debido al cambio de la dirección del viento. Para mantener la cordura repito una y otra vez una frase que aprendí de mi padre: “Incluso este día será solo un recuerdo”. La luz del día tardó mucho en llegar.
 
Cuando nos reunamos para homenajear a Prasanna con ocasión del décimo aniversario del tsunami, también recordaremos a Cresenta. Sin duda voy a estar inundada de recuerdos, pero como mi madre dijo: “Lo que posees profundamente en tu corazón, no te lo puede arrebatar la muerte”.

Autores

Chulie De Silva

Communications Consultant

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