¿Las esposas de los migrantes abandonan las labores agrícolas, o ellos lo hacen?

|

Disponible en:

Ciudad de Washington. En nuestro primer día en Guatemala experimentamos lo que sería una pesadilla para un investigador.

Estábamos listos para averiguar el efecto de la migración masculina desde las áreas rurales en Guatemala en el rol de las mujeres en la agricultura. Pero cuando nos acercamos a los investigadores, a los expertos, a los responsables de formular políticas y a los funcionarios municipales, ellos estaban simplemente perplejos.

Nos advirtieron que nos costaría encontrar agricultoras con maridos migrantes —la población que esperábamos estudiar— diciendo que las familias rurales dejan de trabajar en la agricultura cuando reciben remesas. Ellos creían que la población que nos importaba era —en el mejor de los casos— pequeña y con un interés marginal, incluso si existiera.

Pero una visita a terreno en el sureste de Guatemala, antes de realizar el estudio cuantitativo, nos había dado una imagen totalmente distinta.

Primero, no nos costó encontrar a suficientes mujeres en hogares agrícolas y con maridos migrantes que quisieran participar en nuestros grupos de estudio.

En segundo lugar, aprendimos a través de este trabajo cualitativo que la mayoría de las mujeres con una pareja en el extranjero no tienen de hecho ninguna opción sino permanecer en la actividad agrícola para resolver necesidades básicas de subsistencia. Una explicación de las mujeres fue que la agricultura y las remesas en realidad son complementarias y no son un sustituto.

 
Un grupo local de mujeres plantó este jardín comunal de
verduras en Chiquimula, Guatemala.
(Fotos: Barbara Coello/Banco Mundial)
Muchas de sus parejas que migraron trabajan en Estados Unidos en la construcción y la agricultura, actividades altamente estacionales, y en el invierno, cuando estos empleos son escasos, las remesas disminuyen. Como la temporada de invierno en Estados Unidos coincide con la estación de cosechas en Guatemala, las familias que tienen cultivos pueden contar con mayor seguridad alimentaria en un momento de inestabilidad.

Tercero, la creencia común de que las mujeres tienden a dejar las labores agrícolas como resultado de la migración es una evidencia más de la poca visibilidad de las mujeres en las áreas rurales en Guatemala. A medida que la inmigración se vuelve más riesgosa y cara, y que los hombres migrantes pasan periodos más largos lejos de sus familias, las mujeres de las zonas rurales adquieren un papel más activo en la toma de decisiones de las actividades agrícolas de sus hogares, lo que se ha denominado “la feminización de la agricultura”. Pero este aumento en sus responsabilidades, junto con otras limitaciones, crea desafíos importantes para las mujeres en sus funciones como operadoras agrícolas por su cuenta y jefas de familia.

Por ejemplo, las mujeres en nuestros grupos de estudio dijeron a menudo que sabían poco sobre agricultura antes de que sus maridos se fueran y tuvieron que aprender de sus padres o parientes varones, con poca o ninguna ayuda de los servicios de extensión o de otros organismos. De hecho, algunas se quejaron de la exclusión persistente incluso después de que se habían establecido en la agricultura, tales como no ser tomadas en cuenta como proveedoras debido a su género o porque tenían un esposo migrante.

Las agricultoras pueden no recibir los plaguicidas que necesitan para fumigar, por ejemplo, ya que trasladar paquetes pesados es muy demandante físicamente y se ve como un trabajo de hombres. Esta discriminación fue corroborada por un funcionario del Gobierno, quien nos dijo que a algunos hogares de migrantes se les da una prioridad más baja, si es que no se los excluye de inmediato, en las transferencias del gobierno local puesto que existe este concepto equivocado habitual de que tienen más recursos que otras familias.

La escasez de mano de obra que resulta de la alta migración masculina agrava las desventajas que enfrentan las agricultoras. Para las mujeres es difícil contratar a trabajadores que compensen la ausencia de un adulto varón miembro de la casa. Como resultado, ellas tienden a reducir la producción agrícola y a descontinuar la venta de cualquier excedente de las cosechas.
 
Iniciativas locales
 
En medio de este preocupante panorama, sin embargo, encontramos algunas iniciativas locales que apuntan a apoyar a las mujeres de las zonas rurales.

En una comunidad, dos grupos de mujeres han instalado jardines hortícolas compartidos, que tienen como objetivo ayudar a la diversificación de las dietas de sus familias. Son encabezados por mujeres y cuentan con el apoyo de una entidad local llamada Asociación de Mujeres Campesinas del Oriente (AMCO).

En una región donde la producción agrícola es en gran medida homogénea (milpa; el 94 % de los hogares en nuestra muestra cultiva maíz y el 77 % planta frijoles), las mujeres han plantado productos nuevos, como cebollas, lechugas, coles, acelgas y cilantro en los dos años de existencia de los jardines. Algunas mujeres que conocimos nos dijeron que nunca habían visto algunas de estas verduras antes y que tuvieron que aprender cómo prepararlas a través de una agente de extensión de AMCO (promotora).

La mayoría de los miembros de estos jardines son mujeres, cuyos maridos son migrantes, que se unen no solo porque producen menos maíz y frijoles y pueden necesitar los alimentos nutritivos que se cultivan en los jardines para sostener a sus familias, pero también porque, como ellas dijeron, se sienten más libres de participar en estas y otras organizaciones cuando sus esposos están ausentes.
 
Muchas participantes en el grupo de estudio dijeron que sabían
poco sobre agricultura antes de que sus parejas migraran
y las dejaran, a menudo, con poca o casi nada de ayuda.
La mayor parte de los miembros del grupo tienen maridos migrantes. Y en esto, vemos un efecto de la migración masculina en el empoderamiento de las mujeres. Como algunas mujeres explicaron, aunque sus maridos pueden desaprobar su participación —incluyendo que asuman cargos de liderazgo—, ellos no pueden prohibirles ninguna actividad en el grado en que podrían si estuvieran en la casa.
La facilidad y el bajo precio de las comunicaciones de larga distancia mediante los teléfonos celulares también han alterado las interacciones entre los migrantes y sus parejas, permitiendo a los cónyuges migrantes continuar interviniendo en las decisiones familiares, y ejercer una mayor influencia debido a las remesas que envían al hogar.

Descubrimos que, en promedio, las mujeres hablan con sus parejas una vez a la semana y toman muchas decisiones en el hogar, especialmente relacionadas con inversiones, siguiendo las instrucciones del marido migrante. La comunicación frecuente entre los migrantes y sus familias puede también preservar ciertas normas sociales, y las mujeres informaron que sus parejas las vigilan de cerca incluso a la distancia.

La complejidad del efecto de la migración masculina en los papeles tradicionales —desarraigándolos a través de la “feminización de la agricultura”, pero reforzándolos mediante la comunicación y el envío de remesas— se puede extender hacia las generaciones futuras. No solo se cita a menudo que el deseo de invertir en educación es un factor en la decisión de emigrar, sino que los niños guatemaltecos con progenitores migrantes crecen, por un lado, sin ver a su padre por muchos años y, por el otro, observando a su madre administrar sola el hogar. Esto puede tener un impacto en los niños, posiblemente diferente dependiendo del género, ya que las muchachas perciben a sus madres como ejemplos de independencia femenina; al mismo tiempo, las mujeres en los grupos de estudio expresaron que enfrentaban mayores desafíos al criar a los muchachos debido a la ausencia de modelos masculinos.

Algunas conclusiones

El estudio cuantitativo que siguió a este trabajo sobre el terreno cualitativo fue realizado en dos departamentos en el sureste de Guatemala para explorar todavía más el papel de la migración masculina y de la feminización de la agricultura en la región. Esperamos dar a conocer nuestros resultados en los próximos meses, y compartir evidencias de estas tendencias y el análisis de las mismas.
En este momento ya podemos sacar varias conclusiones: hay agricultoras en Guatemala; las mujeres de las zonas rurales sí continúan realizando labores agrícolas o comienzan a hacerlo cuando sus esposos emigran, y ellas no cuentan con el apoyo que necesitan.

Las políticas relacionadas con las áreas rurales deben tomar en cuenta estos hechos, reconociendo la interacción entre los roles tradicionales y el aumento de las responsabilidades de las mujeres en la agricultura cuando los hombres se van al extranjero.

Unos pocos programas a pequeña escala apoyan a las mujeres en las actividades agrícolas, pero se requiere que políticas más amplias aborden la “feminización de la agricultura” y garanticen que las mujeres sean incluidas en los servicios de extensión y en el traspaso de información, y que su labor y sus necesidades estén reconocidas en el sistema agrícola.

Este trabajo está siendo realizado con el apoyo del Mecanismo general para la igualdad de género. (i)

 

Autores

Maira Reimao

Consultant, Social, Urban, Rural and Resilience Global Practice, World Bank

Únase a la conversación

Emilio Orlando Avilés
06 de Abril de 2015

Interesantes conclusiones. Aquí en mi país (Honduras), ocurre igual. Sin embargo, también se produce la migración de la familia agrícola completa hacia las ciudades urbanas. En ambos casos, no hay ejemplos de que las remesas les sacaron de la pobreza, más bien, incrementan las tasas de inflación de nuestros países, al incrementar la demanda sin un incremento en la oferta de bienes y servicios. La lucha contra la pobreza en el área rural, no puede quedar para el final del día. Los gobiernos, deben presentar programas que generen beneficios directos a estas familias.